Crónica de una pandemia, academia y desempleo

Hoy es un día de esos en los que me siento frente al teclado con todo revuelto, las ganas revueltas y los recuerdos mas extraordinarios que me acosan la mente como las ganas de bailar en un antro hasta que la luz del sol reaparezca tras los cerros. Las cosas no han sido sencillas, existir siempre es un obstáculo en sí mismo, es curioso como la inercia de la vida (si se deja a su merced) lleva inevitablemente a su mas indudable contradicción.

Me dediqué a salir a las calles, a conocer personas y lugares de los que desde mi llegada a Bogotá ya me parecían mas mitos y leyendas urbanas que realidades factibles; pienso que debería dejar de fumar porque mis pulmones me rogaban descanso en el trayecto para llegar allá, no tanto por la distancia (que en una ciudad de siete millones de habitantes resultaría mas bien risible) sino por el esmog, el polvo y el hollín que se acumula en la Avenida Primero de mayo o en la Boyacá, estar ahí se sintió como el equivalente a embutirme dos cajetillas de Piel roja en media hora y ciertamente no soy un fumador compulsivo.

De igual forma, como escribo esto es una sensación mezclada de desesperanza y confusión constante, como una rescilencia a tener fe en la conciencia colectiva de la literatura, la crónica se hace cada vez mas absurda y sobrecargada de información en estos tiempos digitales, gracias a la abundante pero invisible cantidad de medios que hay para su difusión, también la explosión informativa que hace de esta un medio reiterativo e innecesario, como un apéndice que va muriendo poco a poco y que servirá solo para la revisión histórica de los hechos en un futuro lejano para estudiantes de archivística que disfruten de la arqueológica exploración de las hemerotecas del futuro.

La implosión del espacio

Tras el COVID el espacio exterior ha sido reducido tanto que se ha hecho esencial la vida herméticamente sellada de los departamentos, residencias y piezas que habitamos. Para los estudiantes que chapados a la antigua disfrutaban de largas travesías surfeando las bibliotecas públicas, su escape académico de la realidad se convirtió en un martirio de lectoescritura en Word y PDF, la oportunidad de escapar de una reducida y limitada vida de habitación o claustrofóbicas relaciones familiares quedo vetada por mas de un año, esto le sumo importancia a la distribución espacial y arquitectónica de los mal considerados hogares.

Para muchos estudiantes foráneos (es decir que habitan itinerantemente en la región donde se encuentra la universidad pero migran a sus sitios de origen cuando el semestre termina) se quedaron atrapados o huyeron tan pronto como se anunciaron las clases virtuales y ahora la relegada arquitectura colombiana adquiere un papel tan esencial como diverso pero al tiempo es la responsable de que el aislamiento sea ameno, los encerrados monoambientes estilo caja de zapatos, o las habitaciones colmena de residencias estudiantiles que tenían mas habitaciones de las que una casa de barrio podría soportar asfixian la creatividad y la capacidad humana que antes solo se ocultaba en tan lúgubres cuevas con el único fin de descansar, sin duda esto ha demostrado una de las muchas fragilidades que tenemos, cuando nuestra salud mental en sí requiere de algo que antes tal vez consideramos como secundario.

El Exhaustivo sendero del desempleo

Al tiempo que escribo esta crónica me veo abrazando un nuevo papel de desempleado en medio de una pandemia y una crisis económica mundial, algunos ahorros y el apoyo de familiares me da un respiro mientras encuentro una nueva labor paga

porque elegir en Colombia el camino de la literatura es el equivalente a un desesperado sendero Jattiniano de hambre y miseria

pero la búsqueda de empleo en Bogotá es una aventura desabrida y costosa de la que solo algunos privilegiados pueden darse gusto, gastar los ahorros en pasajes de transmilenio para ir a zonas francas y ostentosos edificios empresariales con medidas absurdas de bioseguridad para el máximo de 25 oficinistas que tuvieron la mala fortuna de ser indispensables para la operación, no es una transición placentera al shock del desempleo.

Tras el matinal y vespertino alargue del esfuerzo físico que representa la búsqueda de trabajo, las caminatas por los imponentes edificios cristalinos del norte de la ciudad, resolví ignorar la desesperación mundana y abrazar la retentiva melancolía del atardecer, ver el sol caer y morir tras los edificios y alejadas planicies que se extienden hasta el nevado del Tolima sentado en una absurda cavilación banal cargada de desasosiego.

Es hastiante el madrugar significativo y llenar de sentido una rutina extenuante de recorridos obtusos y abrumados por la esperanza, así, mientras el viento se terminaba de fumar mi cigarrillo solo vino a mi mente un recuerdo de mi mamá orgullosa por el descubrimiento que hice en el balcón del departamento, en el que durante el día las cortinas se escapaban siguiendo la brisa y en la noche se acomodaban como huyéndole a la sombra del sol. Tal vez pensó que de aquella observación había algún talento oculto que sacaría a mi familia de esa cuerda floja que es la clase media vergonzante, creo que lo único que logre fue identificar un ciclo mas de la humanidad, escapar del encierro para poder romanizarlo y luego volver placidamente a el como una pluma descendiendo levemente sobre el suelo después de una ventisca.

Sin embargo de algún modo Bogotá, esta ciudad superpoblada y desorganizada, atrapada en el subdesarrollo por una serie de problemas urbanísticos que se han venido acumulado por los años, donde las localidades se desarrollaron como pueblos y se quedaron permanentemente en esa etapa villera y semi-rural donde cuya demografía en aumento solo trajo problemas mas rápido de lo que podían resolverse; tiene su encanto, el vigor del frío nocturno y la brisa que recorre mi nuca en las tardes solo me hace alimentar una imaginación emocional y abierta de libertad, para alguien de una región cualquier metrópolis siempre vendrá acompañada de la fantasiosa puerta abierta de las oportunidades que ofrece la gran ciudad y este al final del día es el gran consuelo del desesperado joven estudiante, o trabajador, o ambos, o ninguno que se enfrenta en soledad a un mar de nubes, imponente y desapegado al dolor de las personas

donde la individualidad es sinónimo de insignificancia y la colectividad es una manifestación amenazante para el poder, de ahí el miedo al prójimo y la asociación.

La indolente levedad del asesinato

Esa es la conclusión definitiva de que el poder siempre que exista en su forma jerárquica, masiva y organizada a modo autoritario existirá como un triunfo magistral del individualismo, la pasividad de las masas ante el homicidio de estado que para el día de hoy parece mas bien un efecto común de la “nueva normalidad” que dejo el COVID, una serie de decretos autoritarios y un poder ejecutivo concentrado que, obsesionado con el control se ha dedicado a la acumulación de los poderes constitucionales y el desconocimiento de las demás ramas del poder público, la negativa a acatar el fallo de la corte constitucional a cerca de los hechos del pasado 21 de noviembre del 2019 donde cayo asesinado Dylan Cruz a manos de un agente del ESMAD y ante el reciente asesinato de Juliana Giraldo, una mujer trans, a manos de un militar en un retén vía al Cauca.

Desconocer la muerte es demasiado fácil, ignorar la complejidad de la esencia humana y reducirla a “fiambre” o el muerto, o el “muñeco” es parte de la naturaleza mas propia e intima de nuestra pírrica identidad nacional, si hay algo que es sencillo de identificar entre nosotros (y nuestros dirigentes) es esa manera de alimentar la insensibilidad e invisibilizar el misterio de una conciencia entera que se borra, ciertamente esto no es nada que no se haya dicho ya, poner una frazada o una bolsa negra sobre un cadáver e ignorar el hecho de que se está cerrando el telón de un compendio de sueños, aspiraciones y posibilidades tras un ultimátum que no escucharon a tiempo y del que no estuvieron realmente consientes hasta el momento en el que todo desaparece;

los chistes entre amigos, los romances, las notas de amor, los mensajes de cariño de mama en las mañanas, las tareas incompletas, los besos pendientes, todo eso se esfuma como una colilla desamparada que se quema hasta las cenizas en sus últimos minutos, una última mirada al cielo enrojecido por la cascada de sangre que bombea el cuerpo a la cabeza.

Si muero en medio de todo esto, solo quiero que se me entierre en Bucaramanga, asi, si dejo este mundo bajo circunstancias obscuras, que por lo menos mi familia me pueda visitar de ves en cuando, como dejando de consuelo la fantasía de que algún día podre concretar este sueño pendiente que es el mundo al cual le escribo.

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