Un suicidio olvidado

Bucaramanga, 1951

Extrañamente existe una concepción generalizada de que el suicidio es un problema reciente, que siempre ha estado ahí pero sólo empezó a cobrar especial relevancia hasta hace tan sólo unos años, o al menos eso piensa uno con el hecho de que cada vez que hay una noticia sobre un caso alguien se exprese con el típico comentario

“¿qué es lo que está pasando?” a menudo acompañado de la típica expresión “¡por Dios!”.

Cuando esto ocurre recuerdo al icónico personaje de Margarita de la novela Betty la Fea, que pareciese nunca darse por enterada de nada, aunque el ávido seguidor sabrá que ella usualmente sí sabe que es lo que pasa. 

Ignorando las razones psicológicas y/o sociológicas que motivan este tipo de reacciones, y el hecho de que en Colombia sobran más bien las razones para suicidarse, vale la pena preguntarse ¿por qué se tiene una concepción tan cercana en el tiempo sobre un asunto tan viejo como la muerte misma?

Yo creo que esto, en parte, se debe a que los suicidios ocurridos en el pasado rara vez se nos han presentado desde una óptica que nos permita comprender su dimensión ‘cotidiana’. Pocas veces se piensa en el suicidio de los pobres, aunque mucho se ha escrito sobre el suicidio de quienes no lo son. La mayoría de las veces los primeros son tratados como una cifra, los segundos, como una historia/tragedia que vale la pena conocer.

Esto no ocurre únicamente con el asunto del suicidio, es una crítica tan recurrente como vieja a las formas tradicionales de hacer historia.

Pues bien, para demostrar que la muerte de nosotros, los pobres, tienen tanto que aportarle al estudio de la sociedad humana como la muerte de los ricos y/o famosos, he decidido traerles un relato sobre alguien común y corriente, a quien seguro no conocía nadie más que su familia y amigos y sobre quien hoy podemos dar fe de su existencia gracias a la forma en la que terminó su vida:

El domingo 7 de octubre de 1951, Antonio Jaimes, un joven albañil de la ciudad de Bucaramanga se encontró con su amigo y compañero de trabajo Luis María Lamus, cerca del icónico Teatro Santander. Hasta ahora comenzaba la tarde y ambos muchachos hicieron lo que todo joven haría después de una larga semana de trabajo, tanto en esa época como ahora: ir a beber cerveza. La iniciativa fue de Antonio, quien invitó a su amigo al parque de los Niños, no muy lejos del Teatro. 

Ese día había un bazar y los dos aprovecharon no sólo para tomar cerveza sino también chicha, bebida muy popular en esa época en casi toda la zona andina colombiana. Las horas las pasaron conversando de sus vidas, de sus amigos y de las muchachas que conocían. Aunque Luis quería seguir bebiendo y se encontraba “de buen genio”, cuando ya se empezó a hacer de noche ambos tuvieron que irse, se habían quedado sin dinero.

A eso de las seis de la tarde, bajaron por la calle 33 hacia la casa de ambos que quedaba cerca del Cementerio Católico, y en una tiendita de esas que cierra tarde se tomaron las últimas cervezas y se fueron a comer. Esa fue la última vez que Antonio vio con vida a su amigo Luis María Lamus e irónicamente, fue también la primera vez que pasaron una tarde de juerga juntos.  

La vida de Lamus no era sencilla, el año anterior, en 1950, un carro lo atropelló y le rompió la pierna. La herida que sufrió no recibió un buen tratamiento. En el hospital al que lo llevaron de urgencias no lo atendieron durante las primeras 24 horas y su hermano tuvo que buscar un médico particular, que finalmente le practicó una operación de emergencia que le costó 600 pesos. Aunque Lamus conservó su pierna, permaneció lisiado hasta el fin de sus días y su hermano siguió pagando la cuenta de los tratamientos médicos incluso un año después.

Trabajaba como marmolero con su hermano y otros amigos, haciendo y poniendo lápidas para los cementerios del centro de Bucaramanga, labor a la que se dedicaba desde 1948, año en el que salió del cuartel. Entre 10 y 20 pesos era lo que ganaba semanalmente. Sus cercanos lo describían como un joven callado, que poco salía. No tenía amores o al menos no que le conocieran y parece que su principal preocupación en la vida era su trabajo.

Luis María era oriundo del Socorro y como muchos otros jóvenes anhelaba un puesto público, un empleo con el gobierno que le brindara buenos ingresos y le permitiera, quizá, salir de ese tipo de vida que llevaba. Sin embargo, su pierna le impedía, según él, conseguir el tipo de trabajo que deseaba, pues constantemente se quejaba de que ésta no le servía para nada. Uno no puede sino imaginar la frustración que un joven de 23 años podría sentir al verse en esa condición.

Por ello, quizá, tras llegar a su casa ese domingo, Luis María quería seguir bebiendo y la oportunidad se la brindó otro de sus amigos, Aníbal Consuegra, quien llegó a su casa más tarde en la noche. Ambos salieron un rato más, en esta oportunidad se dirigieron al Café Barranquilla y pidieron dos cervezas cada uno. No estuvieron mucho tiempo, pero alcanzaron a conversar. A lo mejor como previendo lo que se venía, Luis María le pidió a su amigo Aníbal que se encargara de su hermano y de su madre, pues el lunes (al día siguiente) pensaba irse de viaje a Venezuela. 

A pesar de que Luis no era muy cercano a su familia, pues la mayoría de sus pensamientos más profundos los reservaba para sus amigos, parecía tener un gran amor filial, o al menos una gran preocupación por lo que pasara con su anciana madre. Le pedía a su amigo Aníbal que tuviera mucha paciencia con ella.

Al dar más o menos las nueve de la noche, ambos salieron del café en donde estaban y caminaron hasta el parque Benjamín Herrera, allí se separaron y cada uno se fue para su casa. Aníbal, al igual que Antonio, no presentía que esa era la última vez que hablaría con su amigo, pues, de hecho, esperaba encontrarse con él para despedirlo antes de su supuesto viaje al vecino país.

Lamus llegó a su casa a eso de las diez, nadie sabe que pasó por su cabeza en esa caminata en soledad desde el parque hasta su vivienda, pero la última persona que lo vio y que habló con él fue Lola Acevedo, quien vivía en la misma casa de Lamus y su familia. Él tocó la puerta y ella lo recibió. Lamus se dirigió hacia su cuarto y encendió una vela. 

La noche de Lola se vio afectada cuando algunos minutos después de haberse acostado empezó a escuchar ruidos raros en la habitación de Luis. Intranquila, se levantó de su cama e intentó poner atención a los sonidos, pero como vio la vela encendida supuso que Lamus estaba despierto y le dio pena entrar a ver, pero los ruidos seguían. Caminó por un corto rato por la casa, pensando qué hacer, si entrar o no a ver que pasaba. Tenía un mal presentimiento, y al final éste la llevó a actuar. 

Entró a la habitación de Luis María y lo encontró acostado en su cama, como asfixiándose. Angustiada comenzó a moverlo y a llamarlo por su nombre, pero él no le contestaba. Finalmente, él la tomó por un brazo y le dijo “dígale a mi mamá que yo estoy envenenado”. Ella entendió inmediatamente lo que pasaba y en medio de la angustia le preguntó porque había hecho lo que hizo y él le respondió con una frase lapidaria: “porque estoy cansado con la vida”.

Esa última conversación con Lola fue la que permitió conocer cómo se había suicidado. Luis María le contó a su compañera de casa que se había tomado veintiocho pastillas de nembutal, y que las habían conseguido comprándolas de dos en dos, en distintas partes. Tras esas cortas palabras Lola advirtió al hermano y la madre de Luis lo que sucedía y rápidamente lo vistieron y consiguieron un carro para llevarlo al Hospital San Juan de Dios, allí los médicos intentaron salvarle la vida, mandaron a su hermano a comprar dos ampolletas de estricnina, éste las llevó y es de suponer que se las aplicaron, pero fue demasiado tarde. En la madrugada del 8 de octubre de 1951, Luis María Lamus Suárez murió. 

En los días siguientes los investigadores de la ciudad de Bucaramanga se encargaron de recoger los testimonios de las últimas personas que vieron con vida a Luis, y de esa manera reconstruir los hechos para determinar si detrás de aquella muerte podría haber un crimen. Al comprobarse el suicidio, el caso se cerró (¡dos años después!), y el expediente fue guardado en los archivos judiciales de Bucaramanga. 

Décadas más tarde, este expediente junto a miles más fue trasladado al Archivo Histórico Regional de la UIS, sitio donde reposa actualmente. 

El suicidio de este joven obrero seguramente sea olvidado, como otros cientos de miles, por el gran peso de la historia “verdaderamente importante”, sin embargo, gracias a él, podemos acercarnos un poco más a la dura vida de la clase trabajadora bumanguesa de mitad del siglo XX, conocer sus emociones, experiencias, anhelos y desilusiones. Comprobar, además, que el suicidio es un fenómeno tan interesante como doloroso. Yo, por ejemplo, no dejo de pensar desde el día en que leí este expediente, que Luis María seguro pasó los últimos días de su vida pensando en cómo acabar con ella. Preparó su muerte meticulosamente y poco a poco, muriendo de una sobredosis de barbitúricos, misma sustancia que 11 años más tarde y que en unas circunstancias muy similares, le quitaría la vida a la famosa Marilyn Monroe, razón por la que este medicamento calmante se haría tristemente famoso. 

Lo más complejo de la muerte de Lamus es comprobar, también, que las condiciones de vida de esa época, hace ya casi 70 años, siguen siendo tan similares para miles de colombianos

¿Cuántos suicidios más no serán olvidados e invisibilizados por el peso de las estadísticas? ¿Cuántos suicidios en cuarentena no serán para la historia sino una cifra más? 

Sin negar la profunda importancia de trabajos de investigación como El Suicidio de Emile Durkheim, si hablamos de clásicos, me quedo con el pequeño y recientemente traducido trabajo de Marx, Acerca del Suicidio. Sin demeritar los aportes del francés, me parece que los del alemán suscitan más el tipo de sensibilidad de la que hoy necesitan nuestros trabajos. Creo yo que mientras la muerte de un banquero siga siendo noticia mundial y la de un albañil un número en un historial, quienes nos dedicamos a la historia tenemos una ardua labor por delante, ojalá guiada por lo que nos enseñan corrientes como la de la Microhistoria o la del Grupo de Estudios Subalternos. Bien lo señalaba Bertolt Brecht sobre Tebas y sus 7 puertas, pero también George Steiner en su famosa y discutida frase “lo que no se nombra, no existe”

Luis María Lamus Suárez si existió.

A su memoria. 

Notas finales: 

  • Este escrito deriva de un proyecto de investigación histórica, actualmente en curso, sobre el fenómeno del suicidio en Bucaramanga en la primera mitad del siglo XX. Su principal objetivo es la divulgación, por ello no tiene ni la estructura, ni la rigurosidad ni la pretensión de objetividad del trabajo del que nace.  
  • Ojalá ayude a motivar la investigación sobre la historia de los grupos subalternos en Bucaramanga, así como el fortalecimiento de la inversión en esta área del conocimiento.
  • Imagen tomada de la página del Cementerio Católico Arquidiocesano de Bucaramanga

1 comentario

  1. Yo creo que la tasa de suicidios no ha aumentado, ha aumentado la cantidad de personas que por fin vemos al suicidio como una problemática social que en lugar de voltear la cara y lamernos las heridas, debemos enfrentar con la seriedad que corresponde. Que artículo tan enriquecedor. Saludos!

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: