La máquina de escribir y el periodista

El periodista escribe. En general su labor se define frente a una máquina de coser, cosiendo textos, ligando oraciones y narrando hechos que tal vez todos conocen, pero la función de la perspectiva es lo que otorga poder al periodista, la capacidad de indagar desde distintos puntos de vista con la humildad suficiente de no obviar los detalles pequeños, considerando que quien se dedica a escribir como mínimo tiene la sensibilidad de recoger la mierda de su mascota en las mañanas y lavar los platos en la noche, en ese acto místico que es meditar en el trance sensorial producido por el chorro de agua que corre entre la loza.

Peter Charaudeau se cuestionó si los medios son entornos de manipulación; el concepto de “Configuración Lingüística” aparece como una herramienta de la ingeniería social a gran escala,

¿los medios deberían tomar partido?

O cómo pueden informar imparcialmente si no son capaces de generar contenido conclusivo y determinante para democratizar la información. No pretendo crear un manifiesto pero sí crear una pauta para quienes escribimos en este medio que desde hace unos días viene siendo atacado y calificado como una “canallada” de complicidad con el sicariato petrista

(Lo que más detesto de Gustavo Petro es como se ubica indiscriminadamente bajo un ala misérrima que es generalizar todo lo que sea izquierda como secuaz de su proyecto socialdemócrata, cuando en lo personal, tengo ideas más radicales que generarían pavor en los sectores más reformistas de la Colombia Humana)

sinónimo de que solo nos dedicamos al asalto mediático de elementos tradicionales de la política colombiana y eso nos dejaría en un punto insuficiente para la revisión política.

El análisis periodístico y la exposición de ciertos temas es un conflicto constante, un choque polémico (y necesario) de contradicciones. Un viajado inevitable de ansiedad que recorre el cuerpo en pleno proceso de escritura, la pura rabia de no sentirse suficientemente informado por no conocer en calidad la absurda cantidad de fuentes que hay para los diversos temas, especialmente cuando se trata de un fenómeno político, donde es tan fácil caer en la narrativa épica de Homero de héroes y villanos, crear situaciones límite y accidentes que llevan a la población al extremo y donde lo espectacular y lo poco cotidiano cobra fuerza como una consecuencia del no saber apreciar nuestra valiosa normalidad.

Esos son los vicios del periodismo manifestado obedientemente por el teclado juicioso de quien lo utiliza. Ahí, en la máquina de escribir se encuentra el enaltecimiento de lo que se narra; Francois Truffaut señaló que realmente no se puede hacer una película antibélica porque según el “presentar algo es ennoblecerlo” y genuinamente creo que esto se puede aplicar a casi cualquier medio. Desde que empezamos un artículo hasta que lo terminamos tenemos una idea de qué es lo que queremos mostrar, y de quienes son los responsables de lo que escribimos, por lo tanto inevitablemente tenemos la tendencia a manifestar nuestra inclinación ideológica al tiempo que realizamos las respectivas críticas o disertaciones.

Con todo y esto, es muy fácil compartir lo principal y aun así obnubilar todo en el momento en que el panorama personal entra en discusión, por ejemplo, uno de los temas principales en

estos últimos meses ha sido sobre la polémica policial y la necesidad mínima de reformar la fuerza cívica, siempre se hará necesario para mí compartir mi opinión personal en el asunto, el entorno privado también puede ser comprometido por esto, eso hace que las opiniones personales pierdan su carácter ilustre de indudabilidad, manifiéstese en el que yo piense que lo mejor es abolir una fuerza “criminal” al servicio de los intereses de una clase dirigente, no significa que no pueda ser discutido, argumentado o polemizado por otros. El negar la intención de convencer a los demás no disminuye la capacidad de influencia que tiene una idea “al aire” sobre los espectadores, es por esto que la “excepción” hecha por el participante no puede eximir la idea de su confrontación.

Algunos valientes o desocupados quizás, que llegados a este punto de la columna podrían estar pensando que de lo que hablo no es más que un simple ejercicio de dialéctica llevado a la práctica del medio periodístico, lo resuman más simplemente. Pero aun así existe poca confrontación dentro de un medio, pocas veces las columnas reciben atención por generar polémica las unas con las otras y por eso mismo se hace imperativo que este sea un comportamiento extendido a la práctica de todos los columnistas de Desigual, reconocer no solo el deber de publicar, sino entre todos ser críticos de lo que se publica con la debida sutileza que tiene por virtud la literatura, esto no con el fin de vanagloriarse o convertir al escritor en un periodista glorificado.

También es necesario entender desde qué entorno literario se está ejerciendo la crítica, por ejemplo, si quisiéramos juzgar la columna del “Pobre viejecito” sería un error pararse desde el periodismo para juzgar una obra literaria con una intención más bien paródica del estilo de Pombo, ciertamente es un artículo publicado en el medio, pero no por eso se hace “periodismo” en ella. Desigual tiene que tener una filosofía sin filtro y con libertad de palabra, donde lo publicado sea juzgado por quienes participan.

Si genuinamente se quiere tener un medio democrático, todos los corresponsales, columnistas, periodistas y escritores deben tener la libertad de mostrar su perspectiva amparada desde sus propias ideologías, esa es la tarea primordial de construir un debate constante y flagrante sobre los temas coyunturales. Para cubrir todos los sucesos en reciente actualidad deben ser aportados por aquellos que con el valor de la palabra están no solo dispuestos a construirlo sino también a destruirlo, porque de la confrontación puede salir la deconstrucción, lo que no implica necesariamente una destrucción dogmática de una ideología, como por ejemplo, en ocasiones figuras del fascismo moderno se han reinventado dentro de los esquemas de pensamiento neoliberal, con sus paradojas se ven amparadas dentro de estructuras más suaves y digeribles para nuevas generaciones.

En su libro “En el Filo de la Navaja” Yolanda Ruiz remarca que​

“​Los periodistas contamos lo que pasa hoy porque en nuestro oficio el ayer y el mañana no tienen mucho sentido, aunque deberían tenerlo más.”

porque es necesario que en el tiempo se revise el periodismo también como la discusión histórica de conciencias que se llevó a cabo en un tiempo y entorno determinado, reconociendo sus características y cualidades; aun así el periodismo no solo se lleva a cabo dentro del entorno político (que ironicamente cobra gran parte del tiempo en pantalla de este país) y también el deportivo (otro gran monopolizador del espacio periodístico y televisivo) sino que también en el de la tecnología, la literatura, la economía o el cine etc.

El periodismo tiene que ser un sinónimo de discusión. Compartir ideas, construirlas, reconstruirlas y destruirlas o deconstruirlas, así podría existir un verdadero desarrollo de un entorno creativo y no comercial, así se acaba con la idea de que la noticia debe necesariamente aportar, cuando también puede extirpar errores existentes en la controversia, esclarecer dudas y establecer contextos totalmente nuevos para el espectador.

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