No soy yo, eres tú

Ilustración por Ꮇ Ꭺ Ғ Ꭼ Ꭱ Ⴎ Ꭼ Ꭰ Ꭺ

Con la premisa de que “los hombres son hombres” se suele justificar la actitud de muchos que acostumbran a piropear a las mujeres en la calle.

Un problema que no puede seguir llamándose generosidad, galantería o cortesía, sino acoso callejero. 

A todas nos ha tocado lidiar con silbidos, roces, miradas lascivas, persecuciones y hasta algún imbécil que se le dio por sacarse el pene para que lo miremos. ¡Como si una se sintiera realizada cuando un cualquiera le recita su poesía misógina!

Ninguna está en contra de la coquetería, pero esos hombres que se hacen en una esquina a gritarle a las mujeres cosas que van desde el “¡Que rico todo eso, mami!” “Adiós princesa” hasta “¿de qué cielo se cayó, angelito?”

No lo hacen porque están “buscando el amor” o porque sean “muy queridos” lo hacen porque le están diciendo al mundo que ellos son muy machos, controlan el lugar y por eso le van a decir lo que quieran a cualquier mujer que pase. 

De ahí que, el acoso callejero es una de las consecuencias de una cultura machista que busca asentar un dominio sobre la mujer, fundamentado en la discriminación y violencia de género.

Con las frases y gestos que lanzan, se nos sexualiza, y se posterga la idea de que las mujeres somos más valoradas por nuestra función sexual y nuestro físico. Así mismo, se nos infunde una sensación de vulnerabilidad y desconfianza sobre el uso del espacio público por el que transitamos. El acoso callejero infringe de manera repetitiva nuestros derechos, nuestra tranquilidad, seguridad e integridad.

Cuando en Colombia las mujeres caminamos en las calles y nos subimos en el transporte público no solo tenemos que lidiar con la delincuencia común, sino también con el acoso, las miradas, gritos y con el miedo a ser violadas que, con razón, desde niñas sentimos. Todo esto, hace que, para muchas, nuestra experiencia en el espacio público sea degradante.

Una se hace previsora y se arma con un sexto sentido que le permite pronosticar este tipo de conductas y lo desagradables que van a resultar. Pero eso no evita que acabe agachando la cara, y sintiendo vergüenza al ser blanco de este tipo de actitudes sexistas innecesarias. 

Otras veces, con temor y rabia, volteo y hago frente a los acosadores, que son defendidos por la complicidad de las demás personas que van pasando por la misma calle, y me miran de arriba abajo como si una cargara con la culpa.

Estos también son culpables, los que se atreven a justificar diciendo que la culpa es de la ropa, de la hora y del lugar, cuando incluso mujeres que se tapan todas y niñas desde muy pequeñas son víctimas de acoso, violación y feminicidio. ¡Dejen de culpar a la víctima! 

Si un man no es capaz de contenerse, el peligro para la sociedad es él, no mi vestido. 

El acoso callejero es el preámbulo de otras formas más graves de violencia sexual, por ende, ese deseo de ejercer un control definitivo sobre el cuerpo y la vida de las mujeres se traduce en ataques que pretenden dejar marcas psicológicas permanentes. 

Sin duda alguna, la necesidad de algunos hombres de “probar su masculinidad” sometiendo otros cuerpos, requiere debates de tipo legislativo en los que se busque que las denuncias no redunden en la revictimización de la mujer y, en el peor y la mayoría de los casos, en una impunidad total. Asimismo, como lo que queremos también es un cambio social, político y cultural, hablar sobre este tema sí sirve. Por eso, el trabajo de visibilización que hacen los activistas jóvenes y feministas en las diferentes regiones del país constituyen la primera y muy importante medida para prevenir el acoso callejero desde la sanción social: la conversación. 

No hay derecho a que crean que quiero o necesito para el desarrollo normal de mi vida o para ensanchar mi autoestima, escuchar lo que escupen por la boca a modo de piropos y acoso. A que tenga que cambiar de dirección o andén cuando veo a lo lejos un grupo de hombres en la calle por la que tengo que transitar. No hay derecho a que tenga que soportar sentirme invadida y amenazada en mi propio cuerpo.  Y no, no hay derecho a que la sociedad normalice lo que nosotras debemos padecer.

6 comentarios

  1. “No hay derecho a que tenga que soportar sentirme invadida y amenazada en mi propio cuerpo” cuanta verdad, el acoso es normalizado hoy en día sin importar las opiniones de los afectados y aunque se hable de ésto, muchas veces el tema es tomado sin importancia..
    Me gustó leer tu columna!

    Le gusta a 1 persona

  2. Hola Francy. Al leer tu columna desde luego me encuentro idenificada con tu opinion pero mas aun al finalizar tu lectura me invade un sentimiento de esperanza al ver que nuevas generaciones como la que tu representas estan debatiendo el tema, tienen total conciencia de lo que no debe ser aceptado y a traves de estos espacios van dejando huella y calando en la mente de muchas jovenes. El diseno grafico que acompana tu columna es igualmente valioso e impactante. Las felicito a las dos, son jovenes lideres que desde sus ocupaciones, destrezas y habilidades estan generando cambios.

    Le gusta a 1 persona

    1. Hola, Bibiana! Me hace feliz leer comentarios como el tuyo porque nos confirma que el mensaje se transmitió como queríamos. Si bien es un camino largo y de resiliencia, seguimos en pie de lucha desde espacios como este. Gracias por leer!

      Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: