Discúlpenme por escribir esta mierda pero mi terapeuta lo conocí por tinder

Una noche, o un maravilloso día, me morí, abrí la ventana y afuera irradiaba la belleza de un mundo sin mí, salí a la calle en mi parafernalia fantástica, esa ectoplasmatica sensación de atravesar paredes y poderme suicidar infinitas veces para sumirme en la interminable placidez de languidecer ante la muerte.

Salí a las calles y éramos cientos, el más allá no existe porque nosotros los muertos nos terminamos imaginando el mismo hueco del que venimos, el paraíso en que arrastramos a nuestros vivos. Sin embargo, la retórica fantasmagórica que ahora envolvía mi vida no me llenó, y después de meterle una patada a Laureano Gómez sentía que mi muerte estaba completa y que podía morir en paz (otra vez). Pero después de hablar un rato con los trasgos del panóptico (socialdemócratas ingenuos, pacifistas de centro, socialistas —los comunistas no llegaban al panóptico porque esos no se podían resocializar—) me di cuenta de que la muerte eterna era una vida de lo más aburrida, así que empecé a buscar el significado de la muerte.

¿Qué podíamos hacer los muertos?

Sin importar a donde vayas la respuesta es que mientras haya otros, los muertos no existen, el duelo se olvida y los recuerdos se amelazan, no hay muerto culpable, por qué la muerte es el indulto en la vida, no hay delito en vida que sea demasiado caro como para no poderse pagar con la muerte. Por eso Pablo Escobar, ese rechonchito tan popular por aquí se regocija en la sociedad que dejó, en la infinidad de monumentos a su memoria en la que se expone y se engrandece, por la que por lo menos más de ciento treinta y dos cachetones con bigote se han peleado para representar su papel en algún documental, novela o serie. 

Por eso retomo, el más allá es lo que dejamos acá, visto desde un mostrador, con la luz correcta el cráter que dejamos en vida puede ser el cielo, por eso los pelados que llegan últimamente se ven tan enojados, porque no ven lo que hicieron si no lo que pudieron hacer, la paradoja de la posibilidad es darse cuenta de que todas las opciones causan dolor y luchar por aquellas que no lo preservan solo trae el dolo final, un velorio con mamás y papás tomándose de las manos así estén divorciados.

Entonces la muerte perdió su ensueño, me hundí en el mar de chatarra y sueños rotos que son los mundos creados por el hombre, y me refiero al hombre como género y no como especie, este universo es fálico y por eso me decepciona hasta en su idea de la muerte.

Solo encontré una solución… El espanto, era mi única forma de sobrevivir a la muerte, no lo había pensado antes porque quien que no cree en nada no se inmuta de que cuando muere, existe la vida y la energía que absorben las ideas a su favor son un conjuro de resurrección parecido a los homenajes; además fastidiar a los vivos era cosa de espectros fascistas, solo a ellos les importa el privado de los miserables suburbios y disfrutan el morbo de romper la privacidad urbana. Pero yo no quería correr el bastón a una anciana negra, ni asustar niños indígenas para que después me llamarán Dios, le dejé esos jugueteos a Cortez y sus conquistadores que habían muerto con la capacidad cognitiva de un niño de seis años.

Me fui a buscar concejo en las cárceles, pero me aburrí de escuchar cumbias luego de desentrañar su misteriosa evolución desde una lengua corporal de los primeros pobladores hasta un zarandeo incomprensible malogrado por niños con delirios de malandro; así que acudí a los ancianos que se morían ancianos, la muerte en un geriátrico tiene mucha más vida que un colegio privado. En uno de esos me encontré a Panclasta, me gritó que yo no era un verdadero anarquista y se bajó los pantalones para mostrar sus posaderas, luego lamente recordar que me había muerto antes que Antanas Mockus —definitivamente la inmortalidad está en bajarse los pantalones ¿será un sinónimo de la convicción del socialdemócrata o era simplemente una irreconciliable coincidencia?. Entonces entendí que podía llevarme a ese viejo nalgón por todo lado a recoger gitanos, Jariyitas, Libertaries y putas, muchísimas putas que quisieran seguirme en esta noble cruzada de espanto, estxs últimas me dieron un hogar en su seno, luego de que mi árbol genealógico entero decidiera expulsarme de sus nexos, la primera internacional de fantasmas anarquistas se llevó a cabo en una mansión victoriana al borde de una cascada dónde botaban líderes sociales y activistas.

Empezamos los fantasmagóricos preparativos, motivo de un cuento que se escribiría mucho antes y se publicaría irónicamente en los tiempos de Halloween, el mito del día de los muertos nos daba más tiempo para llevar a cabo una fantasmagórica bailo terapia en la casa de algún Youtuber famoso. Hacia falta un manifiesto caótico sobre la forma en que se debían organizar los únicos seres libres, los muertos. Toda una telaraña de conceptos complejísimos de sociología no sirvieron de mucho, pero joder que se veía bonito el encuadernado.

Así se ideó la segunda operación Europa, invadir los palacios presidenciales para tirarles el tinto sobre sus decretos de aislamiento-selectivo-inteligente-naranja-digital, desaparecer los lápices, las grapas y obviamente enviar solicitudes de extradición en el lenguaje correcto. El objetivo, ninguno, fastidiar a la autoridad y reírnos de su insolente incredulidad porque ningún gobernante cree en los muertos y los muertos no creen en ningún Estado.

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