La cómica estrategia de seguridad de Juan Carlos Cárdenas


Por Frank Asado

“Amigo el ratón del queso”, dicen las abuelitas y uno que otro colega de la revista, y esta analogía es perfecta para explicar lo que está sucediendo en Bucaramanga: la policía es el gato, el ratón es la crema innata de manifestantes que aún siguen dándole aguante al paro en la ciudad y el queso, tal vez es la esperanza de sorprender a la mamá con una nueva tanqueta blindada para que monte un puesto móvil de verduras.

La nueva dinámica del tropel está acompañada de una marcha masiva y de una avanzada impresionante (al punto de llegar a cañaveral), que termina en enfrentamientos tarantinescos en plena autopista sur, conectante con Bogotá y esencial para los intereses comerciales e industriales de las élites nacionales. Sin embargo, la desescalada prevista (que tomo más de lo que todos los analistas pudimos pronosticar) ha llevado a estas marchas a focalizarse y delimitarse dentro del núcleo municipal de Bucaramanga y aunque su naturaleza es cambiante, ahora tienen un común denominador: terminar en la UIS, que opera como centro de abastecimiento de la protesta y puesto médico de urgencia para las brigadas, que maniobran atendiendo manifestantes afectados por los gases y las arremetidas policiales.

Esta es la táctica repetitiva y la organización de cardumen que se sigue casi religiosamente en las marchas, cada vez menos atendidas por manifestantes. Pero, por lo mismo, han venido “filtrando” desde los más apáticos a los más comprometidos con la protección de la movilización, y esto genera que con cada convocatoria se queden los más experimentados, radicalizados y dispuestos a enfrentar a la policía. La experiencia de la manifestación ha empezado a desarrollar naturalmente pequeñas milicias urbanas de armamento clandestino (resorteras, piedras y cócteles molotov), que se coordinan dentro de la movilización con total anonimato. Limitan su accionar y articulación dentro de las marchas y no fuera de ellas, lo que las diferencia de las guerrillas o cualquier otro tipo de organización furtiva.

La aparición de este instinto gregario de lucha ha sido un verdadero dolor de cabeza (literalmente) para la policía, que atendiendo las manifestaciones ahora entiende la realidad de sus limitaciones numéricas y materiales para responder a periodos extensos (nunca vistos) de movilización. Ya que les ha sido imposible satisfacer las necesidades tácticas para reprimir las manifestaciones, el cuerpo policial ha optado por una estrategia novedosa que es digna de reconocer: proteger puntos estratégicos de tráfico (rotondas, avenidas, intercambiadores y rutas de carga) e infraestructura clave como el estadio y algunos centros de comercio, aunque irónicamente ignoran hospitales, escuelas e iglesias, lugares a los que llenan de gas lacrimógeno indiscriminadamente. Esta estrategia del abejorro les permite picar manifestaciones resilientes, retirarse (a ver el partido de Colombia como fue el caso de ayer, 23 de junio), luego volver a presionar y mantener las bajas y el gasto de equipo al mínimo, pero maximizando el efecto de su respuesta al obligar a los manifestantes a perseguirlos por calles angostas como si fuera una corrida de toros.

Irónicamente, esta táctica de presión y repliegue me lleva a hacer una comparación inevitable: la policía municipal ha quedado reducida a un cuerpo de combate campal y fragmentado, muy similar a una guerrilla urbana, claro, haciendo salvedades respectivas como el uso de tanquetas y equipos de radio de alta gama. Ciertamente, esto ha convertido a los barrios de San Francisco y principalmente San Alonso, en zonas de combate abierto en las que se pueden delimitar varios frentes entre policía y manifestantes, por lo que ahora las marchas se dilatan en varias calles, cuellos de botella, ganchos, puntos de reagrupamiento, abastecimiento, respuesta y contraataque. Algunos llamarían a esto una degradación de la manifestación, pero a mi parecer ha sido una complejización del contexto de protesta que vivimos: luchas masivas, amplias, llenas de colaboración y solidaridad entre todos los bandos, en los que también (doy testimonio) los habitantes del barrio reparten pan y gaseosa entre los manifestantes, atienden heridos y proveen leche y bicarbonato para los asfixiados. Estas son genuinas muestras de cooperación y caridad sin necesidad de liderazgos, de cuadros, ni de caudillos y es ahí cuando se entiende que el apoyo mutuo es la clave de la subsistencia en la lucha por la vida.

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