Vici City: Cartagena

Por Kevin Oquendo

En Colombia se podrían escribir decenas de guiones sobre películas de acción ochenteras al mejor estilo de Hollywood, con policías corruptos, políticos mafiosos y narcotraficantes con delirios de cantantes pop y con sandalias Gucci. En esta ocasión, el guion lo escribió nuestra querida presidenta del Concejo de Cartagena, Gloria Isabel Estrada. La dignísima concejala del partido Liberal fue encontrada con un kilo de clorhidrato de cocaína, una pistola con salvoconducto y ocho millones de pesos en efectivo, normal, ¿no? Es que el perico es tan patrio que ya los presidentes de los concejos lo llevan en la maleta, por si acaso dirían por ahí. Y es que la señora Gloria entra a engrosar esa desdichada y sufrida lista de personajes importantes encontrados con perico. Ella acaba de bajar a los sótanos del infierno.

El año pasado la farándula y la política colombiana le dieron nacimiento a los sótanos del infierno, un hotel de paso para toda pobre alma de la alta sociedad que es descubierta con las ñatas de la nariz o del avión blancas como la sal de las minas. Colombia es un país tan aliciano que la guaracha es la banda sonora de los noticieros, ni Bourdieu en su ensayo sobre la TV imaginó tal cosa, o bueno tal vez. Y no lo digo en broma, ver las noticias es escuchar de ruido una guaracha de la Epa porque todo es traducido a la propaganda, a vender, a vender hasta con la muerte. En fin, el negocio sagrado se ha infiltrado tanto por los poros de la podrida alta clase colombiana que tener avionetas o sostener cargos políticos para proliferar en el negocio es tan provocativo,  es un negocio tan cercano, tan mágico… que traficar con él y ser encontrado es sinónimo de lástima, claro, si es la farándula o la alta política colombiana, que pecao’. Es que acá traficar con perico también puede ser bien visto, ¿o es que no recuerdan al hermano de nuestra querida Vicepresidenta y Ministra de Relaciones Exteriores Marta Lucía Ramírez? Por supuesto, el recordado Bernardo Ramírez, los Ramírez de toda la vida, ala. Ese muchacho cometió el error, sí, mi país es tan distópico que cuando un gomelo trafica heroína con el cuerpo de otras personas es eso, un error… un error perdonable. Tantos pelados que matan a diario en las profundidades de Colombia y a los gomelos con delirios de narco les hacen una nota que le cause lástima a un país completo, sí, para ellos la compasión, y para los parias, pues plomo.

Volviendo a lo cotidiano, a la vida Nacional, la querida presidenta del Concejo de Cartagena sería entonces la nueva huésped de los sótanos del infierno. Suspendida por su partido y boleteada hasta los codos por los medios oportunistas de este país la expresidenta y ojalá una nueva presidiaria se muda a esa esquinita que parece clínica de rehabilitación: Los sótanos del infierno, los sótanos de la desgracia que por lo general se traducen a viajes al mediterráneo o a reflexiones en los mejores hoteles de Nueva York, tiempo para meditar. Sí, meditar, acá en Colombia se tolera -como diría Kika- a los emprendedores que se dedican formalmente al negocio de la exportación de cocaína, obvio, si se venden como emprendedores, como echados para adelante, estamos en una sociedad tan sumergida en el mantra neoliberal del «tú puedes» que hasta esa idea muy kiyosicana se metió con la moral de un país completo que ya aceptó tanto el oro blanco que anhela estar dentro de la rosca, pero no puede, no saben cómo. Esos narco-gomelos deberían inventarse una escuela de introducción a la venta de perico, les iría bien.

En fin, ya terminemos con este guion de arma mortal, esta vez no hay explosiones, pero ojalá haya justicia. No se puede ser indiferente con el campesinado y con todas las comunidades que sufren el flagelo de la guerra por el control del narcotráfico, mientras una pequeña clase muy de Rosales se lucra con un negocio que aborrece en público, pero maneja en privado, igual de privadas que son las suertes de decenas de líderes sociales que muchas veces se oponen y de jóvenes que pierden la vida para que a los yuppies de Wall Street se les pare la verga y ojalá el corazón. Insistamos desde todos los medios en denunciar a toda esa clase política y económica que guarda sus fortunas en islas caribeñas, fortunas hechas por la coca. Acá usan el poder para declararle la guerra a los más empobrecidos, a los más olvidados, a los que les cae el agua ácida del Glifosato, los que terminan sin manos por raspar una hoja que le da de comer, a toda esa gente que no es gente para ellos, sino cifras. Esa gente es la que algún día se organizará, dios mediante, y les desatará un verdadero sótano del infierno.

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