El que se siente ofendido por algo será

Una gran mancha morada se acerca. Mujeres se divisan caminando con pancartas y banderas, música y bailes, cantos y arengas: “¡Alerta!, ¡alerta!, ¡alerta al que camina!, ¡la lucha feminista por América Latina!, ¡y tiemblen!, ¡y tiemblen los machistas!, ¡que América Latina será toda feminista!” ¡Aleeerta! Alerta compañeras, que el tipo que camina es un macho izquierdista.

Durante las multitudinarias marchas violetas también nos acompañan hombres, hombres que se hacen llamar aliados. Diría una ¿cómo no creerles si son parte de procesos organizativos? Muchos de ellos figuran como líderes que con el peso de su experiencia y sabiduría te llaman con absoluta confianza “compañera”. Término que según la Real Academia de la Lengua Española (RAE) significa “Persona que se acompaña con otra para algún fin”. El fin es claro: apoyar a las “compañeras” en la lucha feminista. ¿O sería mejor decir?: acompañar a conveniencia una causa que es atractiva para sus prácticas.

Conveniencias que obtienen con un pase dorado. O más bien: morado. Los machos se lo ‘autoadjudican’ como cual ceremonia de condecoración organizada por ellos mismos. Bien lo manifiesta Monserrat Pérez en un fragmento de su poema ‘El macho de izquierda’: “El macho de izquierda te llama compañera. El macho de izquierda te corrige amablemente en las asambleas. El macho de izquierda se pone a veces faldas. El macho de izquierda escribe “todes”. El macho de izquierda se asume feminista. El macho de izquierda se asume descolonial. También se asume antipatriarcal”. 

Antipatriarcal, por supuesto. Antipatriarcal sólo hasta el momento en que lo denuncias y le atinas a cortar el hilo que sostiene su máscara. Al cobarde le es difícil mostrar su cara real. En ese momento el macho de izquierda te llamará loca.  El macho de izquierda dirá que tus argumentos no son válidos. El macho de izquierda no pensará en un bien común, será un “yo”. El macho de izquierda utilizará el sistema que tanto critica para que, como de costumbre, juegue a su favor. El macho de izquierda asumirá su postura colonial exigiendo sus derechos. El macho de izquierda volverá a usar su no olvidado beneficio patriarcal.

En el alboroto y quiebre de las máscaras quedamos las personas que en realidad creímos eran aliados: creímos en sus palabras, llegamos a confiar en ellos y a llamarlos “compañeros”. Llegamos al punto de desconocer a la persona que creíamos conocer. Llega la desilusión, el sentimiento de ser saboteada en tus propias narices bajo tu propio movimiento, bajo la causa que tanto defiendes.

Llega ese compañero que se aprovecha de ti cuando duermes y toca tu cuerpo sin tu consentimiento. Te despiertas. Quedas paralizada. No sabes si eso en realidad está pasando. Entonces vuelve otra “caricia” que rectifica que sí: tu cuerpo está siendo abusado. Sientes cómo cada milímetro que te toca queda marcado como un tatuaje para siempre. Decides moverte y el agresor creyendo que te vas a despertar se detiene. Pero la cruda realidad es que no fue un sueño, fue real, y las escenas se repiten una y otra vez en tu cabeza, te sientes culpable, te sientes sucia, incluso, piensas que es tu culpa.  

Decides hablar y el abusador lo niega todo, la justicia lo protege, pues no hay pruebas materiales que lo responsabilicen. Pero las pruebas en realidad existen, existen en tu cuerpo, en tu mente, el rastro que palpita y sigue vivo en tu piel, aunque intentes limpiarlo no se quita, las huellas de sus manos aún siguen en tu cuerpo.

Queda entonces la pregunta ¿en realidad es posible construir espacios libres de violencia? Un lugar en donde no se vea el feminismo como una moda, sino como una alianza para la revolución.

¡Alerta morada!: Según datos del ‘Movimiento Insurrectas’, en lo corrido del 2021, ya son siete las denuncias públicas contra líderes e integrantes de movimientos sociales y estudiantiles en Popayán por casos de violencia sexual y violencia basada en género (VBG).

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