De cuando en las calles se construía algo hermoso

Empezábamos los días llenos de optimismo, motivados por la energía de las masas, por el impulso sobrecogedor de la juventud.

Estábamos ansiosos por explorar, conocer y experimentar algo nuevo, algo distinto a esta realidad tan arrolladora que nos tocó.Terminábamos los días cansados, hastiados, absolutamente exahustos con la idea de soñar, de querer mostrar el mundo que podíamos imaginar, de querer participar para hacerlo posible, sin embargo en Colombia está prohibido soñar, por qué soñar es criticar la realidad magnánima y perfecta, la de los terratenientes y grandes empresarios que se pasean en sus Range Rover por los municipios sin pavimentar.

En la primera foto, Juanito, Alejandro y Galleta revisan algunas fotografías hechas para el reportaje de la marcha del 20 de julio,

en las siguientes Galleta posando con su característico casco amarillo de construcción, una foto mía con Luzving un parcero con el que truequeamos viejos juguetes por ropa.

En las últimas, un Alejandro agotado por las incesantes críticas y el desarrollo atropellado de la marcha

un manifestante posa frente a una hoguera,

y por último una moto de dos presuntos sicarios totalmente en llamas.

Los días se iban tan rápido como se apagaban las llamas y todo brillaba tanto que ya veíamos con nostalgia el recuerdo de la penumbra.

LA GUARIDA DEL FRACASADO

Desde mis escasos quince años se volvió imperativa la búsqueda de una identidad que me permitiera caracterizar, para llegar a ser la persona que los artilugios del ego y la vanidad amañaban en mi cerebro cuando me veía en el espejo. Desde ahí empezó mi necesidad por resignificar el fracaso, luchar contra la difamación de la vagancia, la indecisión, la cobardía, la feminidad y toda esa amalgama de cosas que también formaban parte de mí siendo un niño flacuchento, hipocondríaco y de delicadas maneras, contra las que tenía que luchar, según las costumbres de mi tierra.

Abrazar lo que era por el simple hecho de existir, fue el primer paso para reflejar en los demás eso que nadie veía, ahí empezó mi camino por la escritura: necesitando manifestar que eso estaba ahí y que no era necesaria una imagen sino una imaginación para verlo. Lo llevé al límite y ahora estoy aquí, parado frente a un abismo terrorífico, una tierra de nadie en medio de las trincheras, pero para mi consuelo no estoy solo y me doy cuenta de que todos los que hemos decidido lanzarnos a este lodazal tenemos historias similares, atormentadas, desposeídas, desacralizadas o desagradecidas.

Así fue como me encontré con John y otros escritores de la ciudad hormiguero (Bucaramanga), y poco a poco espero encontrarme con otros a lo largo de esta fosa común con himno nacional en la que tuvimos el infortunio de nacer. El camino por la autodeterminación, la exploración del yo a través de la proyección a los demás, el espíritu de las letras que cobran forma por sí mismas y adquieren un sentido que parece previo, la conciencia de que serán escritas, como una esencia imperante, previa y superior a mí; son cosas que nacen de la esencia de existir para convertirse en una substancia recíproca, propia de lo que somos.

Por eso decidí entrevistar a John, por mi necesidad de demostrar que no estamos solos en esto y que podemos leernos y queremos vernos codo a codo en esas trincheras existenciales que hay entre las cuartillas de nuestras obras.

De todo lo que hablamos antes, después y durante la entrevista, entendí que no hay caminos separados, que los de todas las personas están entrelazados por lo menos por un nodo diminuto de los acontecimientos en este mundo caótico lleno de doctores, bandoleros, políticos y virus asiáticos.

En su última entrevista, John me dijo que votará por la derecha, que Uribe tenía razón, que los monstruos no usan corbata ni camuflado y que mis papás nunca se equivocaron mientras me criaban.

Ahí fue cuando pensé: “este tipo es un mesías, o un profeta” pero luego dio un salto, hizo una maroma en el aire, aterrizó en su batería y con un redoble de comedia me pidió que dejara de mirarle las tetas a mi exnovia, sin duda alguna, estaba frente a un ídolo de la escritura.


Como nada de esto es cierto (o tal vez sí excepto lo más ridículo y viceversa), pero coherentemente resulta real sonreír al imaginarlo hacer todo eso, prefiero creer inofensivamente que es así. John y su nombre genérico tienen encima suyo la experiencia indolente y atrapante del poeta latinoamericano y de la lucha por convertirse en un patrón de las causas perdidas, la literatura en un mundo pandémico, digital y disperso. Y tiene en su alma la determinación de convertirse en el ejemplo de éxito que hace falta para sacar de la caverna profesional al poeta y darle el glamour de un Escobar de las letras, aspirando cuartillas cual líneas destartaladas que prometen acabar con el solipsismo desaforado del adolescente desesperado que busca ese consuelo inhumano que no reside en el otro, si no en la proyección del otro en uno mismo, la incesante y relampagueante búsqueda de la identidad.

La cómica estrategia de seguridad de Juan Carlos Cárdenas


Por Frank Asado

“Amigo el ratón del queso”, dicen las abuelitas y uno que otro colega de la revista, y esta analogía es perfecta para explicar lo que está sucediendo en Bucaramanga: la policía es el gato, el ratón es la crema innata de manifestantes que aún siguen dándole aguante al paro en la ciudad y el queso, tal vez es la esperanza de sorprender a la mamá con una nueva tanqueta blindada para que monte un puesto móvil de verduras.

La nueva dinámica del tropel está acompañada de una marcha masiva y de una avanzada impresionante (al punto de llegar a cañaveral), que termina en enfrentamientos tarantinescos en plena autopista sur, conectante con Bogotá y esencial para los intereses comerciales e industriales de las élites nacionales. Sin embargo, la desescalada prevista (que tomo más de lo que todos los analistas pudimos pronosticar) ha llevado a estas marchas a focalizarse y delimitarse dentro del núcleo municipal de Bucaramanga y aunque su naturaleza es cambiante, ahora tienen un común denominador: terminar en la UIS, que opera como centro de abastecimiento de la protesta y puesto médico de urgencia para las brigadas, que maniobran atendiendo manifestantes afectados por los gases y las arremetidas policiales.

Esta es la táctica repetitiva y la organización de cardumen que se sigue casi religiosamente en las marchas, cada vez menos atendidas por manifestantes. Pero, por lo mismo, han venido “filtrando” desde los más apáticos a los más comprometidos con la protección de la movilización, y esto genera que con cada convocatoria se queden los más experimentados, radicalizados y dispuestos a enfrentar a la policía. La experiencia de la manifestación ha empezado a desarrollar naturalmente pequeñas milicias urbanas de armamento clandestino (resorteras, piedras y cócteles molotov), que se coordinan dentro de la movilización con total anonimato. Limitan su accionar y articulación dentro de las marchas y no fuera de ellas, lo que las diferencia de las guerrillas o cualquier otro tipo de organización furtiva.

La aparición de este instinto gregario de lucha ha sido un verdadero dolor de cabeza (literalmente) para la policía, que atendiendo las manifestaciones ahora entiende la realidad de sus limitaciones numéricas y materiales para responder a periodos extensos (nunca vistos) de movilización. Ya que les ha sido imposible satisfacer las necesidades tácticas para reprimir las manifestaciones, el cuerpo policial ha optado por una estrategia novedosa que es digna de reconocer: proteger puntos estratégicos de tráfico (rotondas, avenidas, intercambiadores y rutas de carga) e infraestructura clave como el estadio y algunos centros de comercio, aunque irónicamente ignoran hospitales, escuelas e iglesias, lugares a los que llenan de gas lacrimógeno indiscriminadamente. Esta estrategia del abejorro les permite picar manifestaciones resilientes, retirarse (a ver el partido de Colombia como fue el caso de ayer, 23 de junio), luego volver a presionar y mantener las bajas y el gasto de equipo al mínimo, pero maximizando el efecto de su respuesta al obligar a los manifestantes a perseguirlos por calles angostas como si fuera una corrida de toros.

Irónicamente, esta táctica de presión y repliegue me lleva a hacer una comparación inevitable: la policía municipal ha quedado reducida a un cuerpo de combate campal y fragmentado, muy similar a una guerrilla urbana, claro, haciendo salvedades respectivas como el uso de tanquetas y equipos de radio de alta gama. Ciertamente, esto ha convertido a los barrios de San Francisco y principalmente San Alonso, en zonas de combate abierto en las que se pueden delimitar varios frentes entre policía y manifestantes, por lo que ahora las marchas se dilatan en varias calles, cuellos de botella, ganchos, puntos de reagrupamiento, abastecimiento, respuesta y contraataque. Algunos llamarían a esto una degradación de la manifestación, pero a mi parecer ha sido una complejización del contexto de protesta que vivimos: luchas masivas, amplias, llenas de colaboración y solidaridad entre todos los bandos, en los que también (doy testimonio) los habitantes del barrio reparten pan y gaseosa entre los manifestantes, atienden heridos y proveen leche y bicarbonato para los asfixiados. Estas son genuinas muestras de cooperación y caridad sin necesidad de liderazgos, de cuadros, ni de caudillos y es ahí cuando se entiende que el apoyo mutuo es la clave de la subsistencia en la lucha por la vida.

A parar para perder: Lecciones de estrategia y táctica y una carta abierta a los cómplices del desperdicio

La tendencia a la desmovilización es una radiografía simple y vaga que cualquiera puede hacer cuando un movimiento social va en declive, la renuncia generalizada a soportar la violencia, el pánico a salir, la necesidad inherente de volver a la normalidad es uno de los tormentos permanentes de los desapegados. En Colombia los paros explotan con fuerza, nos mueven el piso a todos y nos recuerdan que nada está bien, que llevamos años comiendo mierda y que nada pinta para mejor, que la democracia no sirve y que los huesos de los desaparecidos aún vibran por entre las raíces de las matas de coca en el Cauca, Ituango, Catatumbo y prácticamente cualquier cañada de este vertedero sicarial con gallinazo por símbolo patrio.

Ver la naturalidad con la que la gente usa el baile y el arte como expresiones de confort es algo que me resulta tierno, inofensivo y totalmente inútil, el arte que no incomoda a nadie no es una protesta, es un feriado gratuito, un desperdicio de fuerzas y energías. Quiero ser muy claro con esto, la gente que reivindica los afrotambores, las gaitas, el palenque, la maricada y el mestizaje como símbolos de resistencia tiene que recordar que resistir no es ganar, la resistencia no puede vivir resistiendo, resistiendo llevamos todos desde que nacemos en este país y ya no debemos apuntar a resistir, sino a vencer.

De nada sirven mil paros si en ninguno logramos victorias decisivas, porque con el tiempo la gente creerá menos en las estrategias usadas por las expresiones sociales para movilizar a los escépticos. Y esta palabra es esencial, el escepticismo y la apatía son los mayores enemigos de la misma población. Por ejemplo las estrategias barriales de las bandas criminales y las mafias para aprovechar el pánico y ensanchar su poder como fuerzas de apoyo a las poblaciones en estos tiempos de desprecio policial han demostrado su efectividad para atomizar a las personas y encerrarlas en un fuego cruzado que en un principio parecía ser legítimo, es por esto que si no actuamos ahora, esta temporada de protestas caerá en saco roto como ya sucedió anteriormente.

En noviembre del 2019 un amigo nos comentó en medio de una reunión “estamos viviendo la primavera latinoamericana” claro un análisis preciosamente abanderado por las revueltas en Chile, Perú, Bolivia, Ecuador y Colombia, nosotros, inocentemente, creíamos que estábamos frente a un momento histórico que cambiaría al país para siempre, pero no fue así, el paro se desarticuló y perdió fuerza, la pandemia llegó y nos encerró a todos con el pánico de que se acabara todo, creímos en el gobierno y le entregamos la batuta para que nos dirigiera de forma organizada frente a una nueva amenaza desconocida, pésimo error.

El gobierno no solo nos desarticuló sino que desmembró todos los esfuerzos por oponernos a su mano totalizadora, y como una criatura hambrienta empezó a acumular poder y a prepararse para resistir lo que sabía que vendría, el Centro Democrático se enfocó en lo que le importaba, imponer el orden a toda costa para defender sus intereses y los de su núcleo político, entidades y gremios asquerosamente ricos y pudientes. Después del hibernar del COVID el país despertó de su letargo y empezamos nuevamente a reconstruir sobre el dolor de las jornadas de septiembre del 2020, a organizarnos frente a una policía oscurantista e inquisitiva que actúa de manera pérfida fuera de las cámaras, pero al aparecer una lente se amenizan sus gruñidos y escondían las garras, pero ya a estas alturas no hay maquillaje que los salve.

Sin embargo para el día de hoy los diálogos siguen siendo deficientes, los personajes de la política del establecimiento aparecen como unos oportunistas ineptos que roban pantalla para ganar protagonismo, los líderes sindicales y de gremios dan vueltas como gallinas despescuezadas al encontrarse frente a su propia inexperiencia, la discusión política cada día gana menos importancia y las marchas y manifestaciones se vuelven reuniones rumberas en las que se baila la macarena mientras que el país se disuelve lentamente en su propia e inoficiosa organización. Las redes sociales, las campañas de pánico, la comunicación inmediata fueron armas de doble filo para todos nosotros, nos sembraron la ansiedad colectiva, pero nos dieron motivos para entender que en este país no se ha acabado la guerra y que siempre ha sido una guerra en contra de los miserables, o sea todos los que no estamos en los clubes campestres celebrando con fernet importado y una botella de champán Luis Roeder.

Pero acá no hay espacio para el discurso lastimero por nuestros muertos, esto no es un llamado a incitar la violencia, es un llamado a acabarla de una vez por todas y de la única forma que se puede hacer, con estrategias reales, no con bailatones, besatones, plantones canabicos, plantones metaleros, ni ninguno de estos instrumentos sedientos por automoción que pareciera solo hacen publicidad a restaurantes, marcas y bandas underground que poca o ninguna discusión política proponen (¿y como iban a hacerlo si la mitad terminaría dándose cuenta que milita con nacionalismos casi fascistas?) y aquí viene la parte más importante.

La legendaria película de Felipe Aljure, “La estrategia del caracol” lo resume todo y siempre lo hará mejor que yo, todo es una cuestión de dignidad, no se puede exigir respeto si no se incomoda un poco a los apáticos y los escépticos, si no se les invita, si no se les hace SU PROBLEMA, todo es una cuestión de estrategia, no es solo hacer el plantón, sino donde lo haces, si vas a tocar metal, punk, cumbia o lo que sea en una vía comercial y tipicamente concurrida tu sonido “revolucionario” se va a quedar ahogado por los pitos y motores, hazlo en los barrios altos, en donde vive la elite, en donde se molesten por tu corroncheria, en donde viven los que ni les va ni les viene. Pero recordemos que es esto solo son Tácticas, es la estrategia lo que nos lleva utilizar efectivamente nuestros esfuerzos para saber hasta que punto vale la pena extralimitarse, por ejemplo ¿vale la pena llevar el plantón y la música hasta Ruitoque alto? ¿Después de tanto esfuerzo que nos queda? Probablemente solo cansancio y un enfrentamiento incómodo con celadores y policías.

¿Entonces que proponer? ¿Qué podemos decir o hacer si siempre estamos bajo el juicio omnipresente de los pseudointelectuales blancos y los universitarios privilegiados? Sencillo, primero entender que esto no es un juego de niños por ask.fm buscando respuestas picantes y chismes sustanciosos para crear polémica, no, esto es un conflicto a gran escala por todo el país llevado por vías democráticas y pacificas y como todo buen conflicto es el arte de la guerra sin recurrir a ella. Aquí hay unos reclamos en contra de una clase política, hay una estrategia trazada que es la de paralizar el país, pero si no ganamos pronto, moriremos en la lucha más radical de todas, la lucha contra el hambre, los que tienen acumuladas riquezas, no mueren de hambre, porque viven preparados para ello, son osos listos para invernar, por eso la pandemia y las crisis constantes de este país no les han afectado jamás.
La táctica debe ser y ha sido siempre incomodarlos, quitarles lo que juraban que era suyo, pero como estamos en el país donde la propiedad privada es un bien sagrado que se defiende con tanqueta y lacrimógeno lo único que podemos hacer es la guerra simbólica, acabar con su legitimidad, demostrar que son topos ciegos en los ductos de un restaurante que persiguen hambrientos el poder y los placeres a los que están acostumbrados sin importarles quienes caigan por las ventilaciones mientras los siguen, esto es lo que debemos hacer como estrategia de contexto urbano.

1. Aplicar tácticas de ocupación: construir puntos de resistencia y acopio como ya ha sido hecho en Cali, si el paro no para, no podemos volver a nuestros hogares hasta no terminar la lucha. Acampadas, ollas comunales, ocupaciones del movimiento estudiantil a colegios y universidades deberían ser la norma, no la excepción, tomas simbólicas de centros administrativos como los consejos municipales (donde no hay nadie ni pasa nada)  para organizar desde ahí asambleas populares reunidas con representantes barriales y de las comunidades, aquí se puede utilizar la música y la danza como instrumento para la moral y el entretenimiento, no hace falta recordar que la lucidez es esencial en circunstancias en las que la vida corre riesgo y cuando fungimos contra el estado, ese es panorama permanente.

2. Movimientos barriales: Las asambleas barriales son indispensables para organizar las fuerzas populares, saber a qué recursos se tiene acceso, hacer la lucha contra el hambre desde ollas comunitarias y comedores urbanos, si todos ponemos parte de lo que hay en nuestras cocinas podemos asegurarnos lo más importante para resistir y esto debe ser responsabilidad de comités alimenticios apoyados con las brigadas de salud. Tener representaciones dignas y directas que ejerzan como vocerías, construyendo liderazgos claros elegidos democráticamente por las asambleas que organizan los comités y sus responsabilidades, tener autoridades rotativas fundadas en el trabajo colectivo y símbolos de unidad caritativa entre vecinos, amigos y familias.

3. Movilizaciones, plantones, corredores humanitarios y planes tortuga: Todas y cada una de estas tácticas requiere objetivos y finalidades claras, pueden ser campañas pedagógicas, llamados a la solidaridad, búsqueda de recursos, boicots o mítines. A lo largo de este paro lo único que hemos afectado han sido el transporte y el comercio, mientras que las industrias parecen impolutas mientras aceleran su productividad por pánico a perder capacidad en medio de tanta incertidumbre, hay que llamar a los trabajadores de todos los sectores, metalúrgicos, talleres, callcenters, papeleros, lecheros, de acopio, de recolección, de envasado, de basuras (este último es necesario para mantener los espacios en condiciones salubres y óptimas) y todos los roles que cumplen un papel en los sectores industriales, colectivizarlos dentro de la misma dinámica, ya que si tal vez por coerción no pueden parar por lo menos se puedan organizar para hacer mítines y que se sienta que no son mano de obra dispensable.

4. Observación: contar permanentemente con apoyo de la prensa, el periodismo independiente y cualquiera con capacidad de grabar, editar y reproducir todo lo que sucede, tanto en tiempo real como con retoques, esto es esencial para que la opinión internacional por los medios que sea genere presión en el gobierno y que todos los medios tanto independientes como tradicionales abran sus puertas y publiquen lo que se está viviendo, no solo la tragedia y la persecución sino también el florecimiento de la unidad la cordialidad, la solidaridad y el amor, recordar que la prensa también incluye ideología y que en la lucha por la comunicación siempre habrá discursos hegemónicos que combatir, para eso, el uso de la propaganda, a las primeras líneas, las asambleas, las brigadas de salud y las organizaciones comunitarias.

5. El tropel como último recurso: las fuerzas represivas y violentas del estado siempre estarán presentes como las fauces de una bestia listas para destrozar las huelgas y las marchas, es para esto que la simultaneidad es la mejor de todas las estrategias, no concentrarnos, dividir las fuerzas policiacas y paramilitares, tomar varios puntos de resistencia en la ciudad para poder asegurar rutas de abastecimiento y corredores seguros para que los actos simbólicos se lleven a cabo de manera segura pero siempre contar con la presencia de las primeras líneas y distribuirlas a lo largo y ancho de la ciudad para poner en jaque alcaldes y gobernadores cómplices de la lambonería y la dilatación de los diálogos directos con la población colombiana.


Ahora sí, he propuesto y espero poner no solo con esto mi grano de arena a organizar las fuerzas de la indignación y la reivindicación, como periodista estaré siempre en el fuego cruzado, viviendo en propia carne el dolor que significa la violencia del estado y es por esto que me rehusó a desperdiciar un minuto más mis fuerzas en misivas absurdas y sin claridades, por respeto a todos los que he visto morir desde el 2018 hasta el día de hoy y espero poder decir que el luto no existe en Colombia, porque a los muertos se les honra alzando la voz.

Los Perros no comen todas las noches

Un día mi mamá vio un panfleto de un desaparecido.
Un niño igualito a mí.
Se le aguaron los ojos y empezó a imaginar… Qué sería de sí cuando no estuviera yo.
Paranoica comenzó a pedirme que cuando saliera me reportara cada dos horas.
Por ese entonces mi mamá tenía una habitación en arriendo y llamaban mucho preguntando si la habitación incluía comida para perros. Tanto fue el lío que a veces cuando yo volvía a la casa a reportarme, mamá no me podía abrir porque estaba pegada al teléfono explicándole a algún extranjero por qué no podía incluir comida para perros.

Entonces yo pensé que si conseguía la comida para perros se iba a solucionar el problema, así que cuando salía a la calle a jugar trataba de buscar entre arbustos y antejardines de las casas vecinas pepitas para los perros, me robaba las que encontraba metiéndolas en una bolsita de plástico y cuando mi mamá no me podía abrir, se las dejaba en la puerta como un recado y me devolvía a jugar o a buscar más pepitas.

Confundida por no saber quién le dejaba las pepitas de comida a la entrada, pensó que era un chiste de mal gusto y botaba las pepitas.

Un día recibió muchas llamadas y no pudo abrirme la puerta en todo el día, solo encontraba pepitas de perros en la puerta cada dos horas. Ya atardeciendo, sin saber de mí, salió echando alaridos buscándome porque pensó que un loco obsesionado con la comida para perros me había secuestrado, agarró el panfleto del niño parecido a mí y pensó que su mente había hecho realidad su pesadilla.

Le preguntaba a la gente
—¿Ha visto a un niño parecido a este? no a este, otro.—

Me buscó por todas partes y yo no estaba donde siempre jugaba, porque estaba buscando pepitas en los parques y en los cerros donde tienen a los perros amarrados a palos y les dejan la comida afuera de la casa. La ansiedad la estaba matando y se sentía asfixiada a cada minuto que pasaba y no me encontraba.

Por la noche regresé con una bolsa que ya parecía costal así que me tocaba echármela al hombro. A los que preguntaban para qué era mi colecta, les daba ternura mi intención
—¡Quiero ayudarle a mi mamá a arrendar la pieza!—
Cuando volví el cielo estaba quebrado como la cáscara de un huevo y las nubes se escondían sobre las montañas como si fueran los dedos de dios que juega a las escondidas. Me sorprendió ver las luces apagadas de la casa porque a esa hora mi mamá estaba cocinando así fuera un caldo de trapo en cilantro fiado de la tienda.

Timbré a mi vecino y vi que tampoco estaba; así que me enrosqué en el pasillo de la entrada y me quedé dormido sobre la bolsa de comida para perro.

Cuando llegó mi mamá ahogada en llanto y me vio dormido ahí, acurrucado frente a la puerta, me pegó un alarido como quien recupera el aire después de estar sumergido en el fondo del mar, me abrazó y me preguntó que quién me había dado toda esa comida y yo le dije que llevaba semanas trayéndole comida para perros para que arrendara la pieza, me metió una palmada en el brazo que hasta el día de hoy no se me olvida.

Mi mamá me explicó esa misma noche, mientras me daba un pedazo de pan tieso con agua de panela, que yo era alérgico a los perros y que no podía recibir extranjeros ni personas con mascotas. Al día siguiente mi mamá fue por todas las casas vendiendo bolsitas de comida para perros. La habitación nunca se arrendó… al contrario, se convirtió en un depósito para guardar bultos de concentrado que ahora se dedica a vender.

Discúlpenme por escribir esta mierda pero mi terapeuta lo conocí por tinder

Una noche, o un maravilloso día, me morí, abrí la ventana y afuera irradiaba la belleza de un mundo sin mí, salí a la calle en mi parafernalia fantástica, esa ectoplasmatica sensación de atravesar paredes y poderme suicidar infinitas veces para sumirme en la interminable placidez de languidecer ante la muerte.

Salí a las calles y éramos cientos, el más allá no existe porque nosotros los muertos nos terminamos imaginando el mismo hueco del que venimos, el paraíso en que arrastramos a nuestros vivos. Sin embargo, la retórica fantasmagórica que ahora envolvía mi vida no me llenó, y después de meterle una patada a Laureano Gómez sentía que mi muerte estaba completa y que podía morir en paz (otra vez). Pero después de hablar un rato con los trasgos del panóptico (socialdemócratas ingenuos, pacifistas de centro, socialistas —los comunistas no llegaban al panóptico porque esos no se podían resocializar—) me di cuenta de que la muerte eterna era una vida de lo más aburrida, así que empecé a buscar el significado de la muerte.

¿Qué podíamos hacer los muertos?

Sin importar a donde vayas la respuesta es que mientras haya otros, los muertos no existen, el duelo se olvida y los recuerdos se amelazan, no hay muerto culpable, por qué la muerte es el indulto en la vida, no hay delito en vida que sea demasiado caro como para no poderse pagar con la muerte. Por eso Pablo Escobar, ese rechonchito tan popular por aquí se regocija en la sociedad que dejó, en la infinidad de monumentos a su memoria en la que se expone y se engrandece, por la que por lo menos más de ciento treinta y dos cachetones con bigote se han peleado para representar su papel en algún documental, novela o serie. 

Por eso retomo, el más allá es lo que dejamos acá, visto desde un mostrador, con la luz correcta el cráter que dejamos en vida puede ser el cielo, por eso los pelados que llegan últimamente se ven tan enojados, porque no ven lo que hicieron si no lo que pudieron hacer, la paradoja de la posibilidad es darse cuenta de que todas las opciones causan dolor y luchar por aquellas que no lo preservan solo trae el dolo final, un velorio con mamás y papás tomándose de las manos así estén divorciados.

Entonces la muerte perdió su ensueño, me hundí en el mar de chatarra y sueños rotos que son los mundos creados por el hombre, y me refiero al hombre como género y no como especie, este universo es fálico y por eso me decepciona hasta en su idea de la muerte.

Solo encontré una solución… El espanto, era mi única forma de sobrevivir a la muerte, no lo había pensado antes porque quien que no cree en nada no se inmuta de que cuando muere, existe la vida y la energía que absorben las ideas a su favor son un conjuro de resurrección parecido a los homenajes; además fastidiar a los vivos era cosa de espectros fascistas, solo a ellos les importa el privado de los miserables suburbios y disfrutan el morbo de romper la privacidad urbana. Pero yo no quería correr el bastón a una anciana negra, ni asustar niños indígenas para que después me llamarán Dios, le dejé esos jugueteos a Cortez y sus conquistadores que habían muerto con la capacidad cognitiva de un niño de seis años.

Me fui a buscar concejo en las cárceles, pero me aburrí de escuchar cumbias luego de desentrañar su misteriosa evolución desde una lengua corporal de los primeros pobladores hasta un zarandeo incomprensible malogrado por niños con delirios de malandro; así que acudí a los ancianos que se morían ancianos, la muerte en un geriátrico tiene mucha más vida que un colegio privado. En uno de esos me encontré a Panclasta, me gritó que yo no era un verdadero anarquista y se bajó los pantalones para mostrar sus posaderas, luego lamente recordar que me había muerto antes que Antanas Mockus —definitivamente la inmortalidad está en bajarse los pantalones ¿será un sinónimo de la convicción del socialdemócrata o era simplemente una irreconciliable coincidencia?. Entonces entendí que podía llevarme a ese viejo nalgón por todo lado a recoger gitanos, Jariyitas, Libertaries y putas, muchísimas putas que quisieran seguirme en esta noble cruzada de espanto, estxs últimas me dieron un hogar en su seno, luego de que mi árbol genealógico entero decidiera expulsarme de sus nexos, la primera internacional de fantasmas anarquistas se llevó a cabo en una mansión victoriana al borde de una cascada dónde botaban líderes sociales y activistas.

Empezamos los fantasmagóricos preparativos, motivo de un cuento que se escribiría mucho antes y se publicaría irónicamente en los tiempos de Halloween, el mito del día de los muertos nos daba más tiempo para llevar a cabo una fantasmagórica bailo terapia en la casa de algún Youtuber famoso. Hacia falta un manifiesto caótico sobre la forma en que se debían organizar los únicos seres libres, los muertos. Toda una telaraña de conceptos complejísimos de sociología no sirvieron de mucho, pero joder que se veía bonito el encuadernado.

Así se ideó la segunda operación Europa, invadir los palacios presidenciales para tirarles el tinto sobre sus decretos de aislamiento-selectivo-inteligente-naranja-digital, desaparecer los lápices, las grapas y obviamente enviar solicitudes de extradición en el lenguaje correcto. El objetivo, ninguno, fastidiar a la autoridad y reírnos de su insolente incredulidad porque ningún gobernante cree en los muertos y los muertos no creen en ningún Estado.

La máquina de escribir y el periodista

El periodista escribe. En general su labor se define frente a una máquina de coser, cosiendo textos, ligando oraciones y narrando hechos que tal vez todos conocen, pero la función de la perspectiva es lo que otorga poder al periodista, la capacidad de indagar desde distintos puntos de vista con la humildad suficiente de no obviar los detalles pequeños, considerando que quien se dedica a escribir como mínimo tiene la sensibilidad de recoger la mierda de su mascota en las mañanas y lavar los platos en la noche, en ese acto místico que es meditar en el trance sensorial producido por el chorro de agua que corre entre la loza.

Peter Charaudeau se cuestionó si los medios son entornos de manipulación; el concepto de “Configuración Lingüística” aparece como una herramienta de la ingeniería social a gran escala,

¿los medios deberían tomar partido?

O cómo pueden informar imparcialmente si no son capaces de generar contenido conclusivo y determinante para democratizar la información. No pretendo crear un manifiesto pero sí crear una pauta para quienes escribimos en este medio que desde hace unos días viene siendo atacado y calificado como una “canallada” de complicidad con el sicariato petrista

(Lo que más detesto de Gustavo Petro es como se ubica indiscriminadamente bajo un ala misérrima que es generalizar todo lo que sea izquierda como secuaz de su proyecto socialdemócrata, cuando en lo personal, tengo ideas más radicales que generarían pavor en los sectores más reformistas de la Colombia Humana)

sinónimo de que solo nos dedicamos al asalto mediático de elementos tradicionales de la política colombiana y eso nos dejaría en un punto insuficiente para la revisión política.

El análisis periodístico y la exposición de ciertos temas es un conflicto constante, un choque polémico (y necesario) de contradicciones. Un viajado inevitable de ansiedad que recorre el cuerpo en pleno proceso de escritura, la pura rabia de no sentirse suficientemente informado por no conocer en calidad la absurda cantidad de fuentes que hay para los diversos temas, especialmente cuando se trata de un fenómeno político, donde es tan fácil caer en la narrativa épica de Homero de héroes y villanos, crear situaciones límite y accidentes que llevan a la población al extremo y donde lo espectacular y lo poco cotidiano cobra fuerza como una consecuencia del no saber apreciar nuestra valiosa normalidad.

Esos son los vicios del periodismo manifestado obedientemente por el teclado juicioso de quien lo utiliza. Ahí, en la máquina de escribir se encuentra el enaltecimiento de lo que se narra; Francois Truffaut señaló que realmente no se puede hacer una película antibélica porque según el “presentar algo es ennoblecerlo” y genuinamente creo que esto se puede aplicar a casi cualquier medio. Desde que empezamos un artículo hasta que lo terminamos tenemos una idea de qué es lo que queremos mostrar, y de quienes son los responsables de lo que escribimos, por lo tanto inevitablemente tenemos la tendencia a manifestar nuestra inclinación ideológica al tiempo que realizamos las respectivas críticas o disertaciones.

Con todo y esto, es muy fácil compartir lo principal y aun así obnubilar todo en el momento en que el panorama personal entra en discusión, por ejemplo, uno de los temas principales en

estos últimos meses ha sido sobre la polémica policial y la necesidad mínima de reformar la fuerza cívica, siempre se hará necesario para mí compartir mi opinión personal en el asunto, el entorno privado también puede ser comprometido por esto, eso hace que las opiniones personales pierdan su carácter ilustre de indudabilidad, manifiéstese en el que yo piense que lo mejor es abolir una fuerza “criminal” al servicio de los intereses de una clase dirigente, no significa que no pueda ser discutido, argumentado o polemizado por otros. El negar la intención de convencer a los demás no disminuye la capacidad de influencia que tiene una idea “al aire” sobre los espectadores, es por esto que la “excepción” hecha por el participante no puede eximir la idea de su confrontación.

Algunos valientes o desocupados quizás, que llegados a este punto de la columna podrían estar pensando que de lo que hablo no es más que un simple ejercicio de dialéctica llevado a la práctica del medio periodístico, lo resuman más simplemente. Pero aun así existe poca confrontación dentro de un medio, pocas veces las columnas reciben atención por generar polémica las unas con las otras y por eso mismo se hace imperativo que este sea un comportamiento extendido a la práctica de todos los columnistas de Desigual, reconocer no solo el deber de publicar, sino entre todos ser críticos de lo que se publica con la debida sutileza que tiene por virtud la literatura, esto no con el fin de vanagloriarse o convertir al escritor en un periodista glorificado.

También es necesario entender desde qué entorno literario se está ejerciendo la crítica, por ejemplo, si quisiéramos juzgar la columna del “Pobre viejecito” sería un error pararse desde el periodismo para juzgar una obra literaria con una intención más bien paródica del estilo de Pombo, ciertamente es un artículo publicado en el medio, pero no por eso se hace “periodismo” en ella. Desigual tiene que tener una filosofía sin filtro y con libertad de palabra, donde lo publicado sea juzgado por quienes participan.

Si genuinamente se quiere tener un medio democrático, todos los corresponsales, columnistas, periodistas y escritores deben tener la libertad de mostrar su perspectiva amparada desde sus propias ideologías, esa es la tarea primordial de construir un debate constante y flagrante sobre los temas coyunturales. Para cubrir todos los sucesos en reciente actualidad deben ser aportados por aquellos que con el valor de la palabra están no solo dispuestos a construirlo sino también a destruirlo, porque de la confrontación puede salir la deconstrucción, lo que no implica necesariamente una destrucción dogmática de una ideología, como por ejemplo, en ocasiones figuras del fascismo moderno se han reinventado dentro de los esquemas de pensamiento neoliberal, con sus paradojas se ven amparadas dentro de estructuras más suaves y digeribles para nuevas generaciones.

En su libro “En el Filo de la Navaja” Yolanda Ruiz remarca que​

“​Los periodistas contamos lo que pasa hoy porque en nuestro oficio el ayer y el mañana no tienen mucho sentido, aunque deberían tenerlo más.”

porque es necesario que en el tiempo se revise el periodismo también como la discusión histórica de conciencias que se llevó a cabo en un tiempo y entorno determinado, reconociendo sus características y cualidades; aun así el periodismo no solo se lleva a cabo dentro del entorno político (que ironicamente cobra gran parte del tiempo en pantalla de este país) y también el deportivo (otro gran monopolizador del espacio periodístico y televisivo) sino que también en el de la tecnología, la literatura, la economía o el cine etc.

El periodismo tiene que ser un sinónimo de discusión. Compartir ideas, construirlas, reconstruirlas y destruirlas o deconstruirlas, así podría existir un verdadero desarrollo de un entorno creativo y no comercial, así se acaba con la idea de que la noticia debe necesariamente aportar, cuando también puede extirpar errores existentes en la controversia, esclarecer dudas y establecer contextos totalmente nuevos para el espectador.

Crónica de una pandemia, academia y desempleo

Hoy es un día de esos en los que me siento frente al teclado con todo revuelto, las ganas revueltas y los recuerdos mas extraordinarios que me acosan la mente como las ganas de bailar en un antro hasta que la luz del sol reaparezca tras los cerros. Las cosas no han sido sencillas, existir siempre es un obstáculo en sí mismo, es curioso como la inercia de la vida (si se deja a su merced) lleva inevitablemente a su mas indudable contradicción.

Me dediqué a salir a las calles, a conocer personas y lugares de los que desde mi llegada a Bogotá ya me parecían mas mitos y leyendas urbanas que realidades factibles; pienso que debería dejar de fumar porque mis pulmones me rogaban descanso en el trayecto para llegar allá, no tanto por la distancia (que en una ciudad de siete millones de habitantes resultaría mas bien risible) sino por el esmog, el polvo y el hollín que se acumula en la Avenida Primero de mayo o en la Boyacá, estar ahí se sintió como el equivalente a embutirme dos cajetillas de Piel roja en media hora y ciertamente no soy un fumador compulsivo.

De igual forma, como escribo esto es una sensación mezclada de desesperanza y confusión constante, como una rescilencia a tener fe en la conciencia colectiva de la literatura, la crónica se hace cada vez mas absurda y sobrecargada de información en estos tiempos digitales, gracias a la abundante pero invisible cantidad de medios que hay para su difusión, también la explosión informativa que hace de esta un medio reiterativo e innecesario, como un apéndice que va muriendo poco a poco y que servirá solo para la revisión histórica de los hechos en un futuro lejano para estudiantes de archivística que disfruten de la arqueológica exploración de las hemerotecas del futuro.

La implosión del espacio

Tras el COVID el espacio exterior ha sido reducido tanto que se ha hecho esencial la vida herméticamente sellada de los departamentos, residencias y piezas que habitamos. Para los estudiantes que chapados a la antigua disfrutaban de largas travesías surfeando las bibliotecas públicas, su escape académico de la realidad se convirtió en un martirio de lectoescritura en Word y PDF, la oportunidad de escapar de una reducida y limitada vida de habitación o claustrofóbicas relaciones familiares quedo vetada por mas de un año, esto le sumo importancia a la distribución espacial y arquitectónica de los mal considerados hogares.

Para muchos estudiantes foráneos (es decir que habitan itinerantemente en la región donde se encuentra la universidad pero migran a sus sitios de origen cuando el semestre termina) se quedaron atrapados o huyeron tan pronto como se anunciaron las clases virtuales y ahora la relegada arquitectura colombiana adquiere un papel tan esencial como diverso pero al tiempo es la responsable de que el aislamiento sea ameno, los encerrados monoambientes estilo caja de zapatos, o las habitaciones colmena de residencias estudiantiles que tenían mas habitaciones de las que una casa de barrio podría soportar asfixian la creatividad y la capacidad humana que antes solo se ocultaba en tan lúgubres cuevas con el único fin de descansar, sin duda esto ha demostrado una de las muchas fragilidades que tenemos, cuando nuestra salud mental en sí requiere de algo que antes tal vez consideramos como secundario.

El Exhaustivo sendero del desempleo

Al tiempo que escribo esta crónica me veo abrazando un nuevo papel de desempleado en medio de una pandemia y una crisis económica mundial, algunos ahorros y el apoyo de familiares me da un respiro mientras encuentro una nueva labor paga

porque elegir en Colombia el camino de la literatura es el equivalente a un desesperado sendero Jattiniano de hambre y miseria

pero la búsqueda de empleo en Bogotá es una aventura desabrida y costosa de la que solo algunos privilegiados pueden darse gusto, gastar los ahorros en pasajes de transmilenio para ir a zonas francas y ostentosos edificios empresariales con medidas absurdas de bioseguridad para el máximo de 25 oficinistas que tuvieron la mala fortuna de ser indispensables para la operación, no es una transición placentera al shock del desempleo.

Tras el matinal y vespertino alargue del esfuerzo físico que representa la búsqueda de trabajo, las caminatas por los imponentes edificios cristalinos del norte de la ciudad, resolví ignorar la desesperación mundana y abrazar la retentiva melancolía del atardecer, ver el sol caer y morir tras los edificios y alejadas planicies que se extienden hasta el nevado del Tolima sentado en una absurda cavilación banal cargada de desasosiego.

Es hastiante el madrugar significativo y llenar de sentido una rutina extenuante de recorridos obtusos y abrumados por la esperanza, así, mientras el viento se terminaba de fumar mi cigarrillo solo vino a mi mente un recuerdo de mi mamá orgullosa por el descubrimiento que hice en el balcón del departamento, en el que durante el día las cortinas se escapaban siguiendo la brisa y en la noche se acomodaban como huyéndole a la sombra del sol. Tal vez pensó que de aquella observación había algún talento oculto que sacaría a mi familia de esa cuerda floja que es la clase media vergonzante, creo que lo único que logre fue identificar un ciclo mas de la humanidad, escapar del encierro para poder romanizarlo y luego volver placidamente a el como una pluma descendiendo levemente sobre el suelo después de una ventisca.

Sin embargo de algún modo Bogotá, esta ciudad superpoblada y desorganizada, atrapada en el subdesarrollo por una serie de problemas urbanísticos que se han venido acumulado por los años, donde las localidades se desarrollaron como pueblos y se quedaron permanentemente en esa etapa villera y semi-rural donde cuya demografía en aumento solo trajo problemas mas rápido de lo que podían resolverse; tiene su encanto, el vigor del frío nocturno y la brisa que recorre mi nuca en las tardes solo me hace alimentar una imaginación emocional y abierta de libertad, para alguien de una región cualquier metrópolis siempre vendrá acompañada de la fantasiosa puerta abierta de las oportunidades que ofrece la gran ciudad y este al final del día es el gran consuelo del desesperado joven estudiante, o trabajador, o ambos, o ninguno que se enfrenta en soledad a un mar de nubes, imponente y desapegado al dolor de las personas

donde la individualidad es sinónimo de insignificancia y la colectividad es una manifestación amenazante para el poder, de ahí el miedo al prójimo y la asociación.

La indolente levedad del asesinato

Esa es la conclusión definitiva de que el poder siempre que exista en su forma jerárquica, masiva y organizada a modo autoritario existirá como un triunfo magistral del individualismo, la pasividad de las masas ante el homicidio de estado que para el día de hoy parece mas bien un efecto común de la “nueva normalidad” que dejo el COVID, una serie de decretos autoritarios y un poder ejecutivo concentrado que, obsesionado con el control se ha dedicado a la acumulación de los poderes constitucionales y el desconocimiento de las demás ramas del poder público, la negativa a acatar el fallo de la corte constitucional a cerca de los hechos del pasado 21 de noviembre del 2019 donde cayo asesinado Dylan Cruz a manos de un agente del ESMAD y ante el reciente asesinato de Juliana Giraldo, una mujer trans, a manos de un militar en un retén vía al Cauca.

Desconocer la muerte es demasiado fácil, ignorar la complejidad de la esencia humana y reducirla a “fiambre” o el muerto, o el “muñeco” es parte de la naturaleza mas propia e intima de nuestra pírrica identidad nacional, si hay algo que es sencillo de identificar entre nosotros (y nuestros dirigentes) es esa manera de alimentar la insensibilidad e invisibilizar el misterio de una conciencia entera que se borra, ciertamente esto no es nada que no se haya dicho ya, poner una frazada o una bolsa negra sobre un cadáver e ignorar el hecho de que se está cerrando el telón de un compendio de sueños, aspiraciones y posibilidades tras un ultimátum que no escucharon a tiempo y del que no estuvieron realmente consientes hasta el momento en el que todo desaparece;

los chistes entre amigos, los romances, las notas de amor, los mensajes de cariño de mama en las mañanas, las tareas incompletas, los besos pendientes, todo eso se esfuma como una colilla desamparada que se quema hasta las cenizas en sus últimos minutos, una última mirada al cielo enrojecido por la cascada de sangre que bombea el cuerpo a la cabeza.

Si muero en medio de todo esto, solo quiero que se me entierre en Bucaramanga, asi, si dejo este mundo bajo circunstancias obscuras, que por lo menos mi familia me pueda visitar de ves en cuando, como dejando de consuelo la fantasía de que algún día podre concretar este sueño pendiente que es el mundo al cual le escribo.

Crónica de las Revueltas Bogotanas

TENÍA MAS EN COMÚN CON TODOS NOSOTROS QUE CUALQUIER OTRO ENTE MAGNÁNIMO…

En vísperas del cumpleaños número cincuenta y nueve de mi tía el asesinato de Javier Ordóñez a manos de la policía desato una serie de revueltas y desmanes que destruyeron casi la totalidad de los comandos de atención inmediata, los mal llamados CAI’s centros de legalización de crimen donde se cobraban vacunas y los agentes oficiales operaban a modo de una mano negra, administraban los arriendos de los puestos de venta informal, cobraban deudas del microtráfico y autorizaban robos o se organizaban oficiales y criminales para actuar de manera conjunta y creíble, esta era una realidad de la que todos estábamos consientes; lo que paso esa noche es que nos sobraban razones, Javier no fue una mecha previsible, sino interruptor,

porque ese hombre que no era ni un político, ni líder social ni nada, tenía mas en común con todos nosotros que cualquier otro ente magnánimo, un taxista con título de abogado, al parecer atormentado y fiestero fue la figura que ignicionó las calles de la ciudad. 

Al día siguiente la policía asesinaría a Julieth Ramírez, de 19 años, en Suba La Gaitana, Christian Hernández, de 24 años, y Jaider Fonseca, de 17 años, asesinados en Verbenal la misma noche del 9 de septiembre. Germán Smith Puentes, de 25 años, también fue asesinado  por la policía en Suba Rincón de un disparo en el tórax; en esta última locación la policía atacó  a los manifestantes de frente, en videos se ve como huyen las personas a través de las canchas mientras les disparan. Por último, Christian Hurtado Menecé, de 27 años en Soacha Ciudad Verde siendo este el caso mas alejado al centro urbano. 

Pero la rabia no quedo en una masacre injusta, los enfrentamientos resultaron en CAI’s, Motos oficiales y hasta buses del SITP incinerados, sin mencionar el articulado que quedo reducido a cenizas en Bosa.

Los informes de la policía hablan de 15 buses del sistema de transporte vandalizados y unas decenas mas de vehículos policiales junto con algunos vehículos particulares, en tiempos mas fundamentalistas serian llamas divinas purificando los dañinos productores de hidrocarburos. Polvo eres y polvo serás. 

Mi abuelo murió ese mismo día, no de enfrentarse a la policía, sino a causa del alzhéimer y el párkinson degenerativo que le venía corroyendo su cuerpo ya oxidado por la edad, algo muy similar a lo que ya hace el esquema policial en todo el país; sin embargo gracias a las revueltas el luto fue un carnaval fúnebre para mí, esa es la belleza que hace de Bogotá un espectáculo escalofriante, noches oscuras que por el frío paramuno por el cual los abrigados grupos suburbanos ganaban su estética particular, era una feria típica y coloquial embellecida con punketos, hippies, estudiantes, trabajadores, extranjeros y a veces un solo individuo podía serlos todos al tiempo. 

Entre el 10 y el 11 de septiembre se levantaron bibliotecas populares, huertos comunitarios y centros culturales donde quedaron los restos de las estaciones de policía que fueron incineradas, erguidas no por iniciativa del distrito sino como una forma de los habitantes de rendir homenaje a los muertos de la violencia, el CAI de la Gaitana paso a llamarse Centro Cultural Julieth Ramirez y se hizo un mural en su memoria (el cual borraría la policía de manera insensible y cruel con la comunidad);

En el Parkway de Teusaquillo, durante mas de 5 horas seis escuadras de oficiales del Escuadrón De “Muerte” Antidisturbios (ESMAD) tuvo que vernos bailar, beber, declamar, pintar y compartir como comunidad la fiesta de emanciparnos de una vigilancia corrupta e inescrupulosa, bueno, eso mientras duro,

al poco rato el ESMAD avanzo despejando y retomando el CAI de manifestantes, que al día siguiente se aglomeraron nuevamente tomando la locación y haciendo ejercicios de discusión sobre temas como la necesidad de las cárceles en el país.

Ahora, con el COVID respirándonos en la nuca, la seguridad alimentaria en el piso y sin mencionar el desempleo y la desigualdad social en una ciudad masiva y ridículamente atrasada como Bogotá, las personas se preparan para nuevas jornadas de paro el 21 de septiembre, jornadas que quieren manifestar la inconformidad, pero aun mas importante, organizar la digna rabia y el dolor dejado por un sistema mediocre y abusivo en todas sus esferas, un modelo económico injusto y desigual que debe ser abolido y reemplazado totalmente, porque de lo que venimos siendo no es mas que reinvenciones y reencauches de los nichos gobernantes y sus largas dinastías y linajes que han repartido el país a gusto y poder hacer un país para Javier, Julieth, Cristian, Jaider, Germán y Cristián H, para que los desadaptados, los marginados, para los maricas, las trans, para los indígenas, y donde se puedan confrontar ideas en paz, donde la polémica y la crítica sean el centro de las discusiones diarias para llegar a acuerdos comunes sin la necesidad de tener entidades violentas, represivas y asesinas. 

Desarmar a la policía Bogotana es una obligación urgente, para con nuestros muertos, hijos y seres queridos. 

El síndrome del estancamiento Santandereano

En Bucaramanga y Santander el concepto de Oligarquía encajo a la perfección durante muchos años hasta que recientemente se reinventó, cambio de discurso y obviamente de dueños

(claro esto siguió sin dejar caduco el concepto solo lo hizo requerir una renovada definición).

Sin embargo, desde un inicio estas estructuras que negocian inescrupulosamente con la vida de la población vulnerable se disfrazaron de “empresas” y “emprendimientos” legítimos y honestos, funcionando en realidad como mafias que terminaron por agremiarse en cultos enfermizos al dinero y llegando a adueñarse de la vida política, laboral e industrial de todo el departamento.

Bajo esta fachada se ocultan las fosas comunes que aún no se encuentran o ya han sido exhumadas por arrendatarios, empleados y trabajadores de los lotes aledaños al río de oro en asentamientos como el 5 de enero o el Barrio Galán rodeados de las plantas y fabricas del municipio, también en las vías a Matanza y Surartá, y hasta en el mismo Palonegro donde edifica hoy día el aeropuerto internacional. Allí se encuentra enterrada la historia de las ollas del norte, de Café Madrid, Morrorico y Betania en donde crecieron enquistados negocios que convirtieron la violencia en una realidad silenciosa fundida a la monotonía de sus habitantes.

Lo peor de estas élites ha sido sin duda alguna su constante resiliencia al progreso pues sienten un lógico y evidente pavor frente a la educación popular; su carácter ignorante proviene de una larga casta de herencias y patrocinios familiares, aunque en contadas ocasiones sus principios no tuvieron patrimonios ni mas apoyo que su propio empuje e ingenio, esto llevó a que muchos de los ​—​hoy día​— patriarcas se desempeñasen como habilidosos comerciantes, audaces usureros o prestamistas acumuladores.

Su proceso de enriquecimiento, en ocasiones desde cero, les dio una tendencia al arribismo y sus hijos se convirtieron en herederos de dicho esfuerzo, obsesionados con la idea de la promoción social y el mito de que “el pobre es pobre por que quiere”, su principal argumento siendo el ejemplo de la experiencia: “mire como mi abuelo/padre si logro fortuna desde la nada” desconociendo los privilegios y condiciones ligados al mercado de la época; inmersos en esa codiciosa actitud insaciable de poder, orgullo y enaltecimiento de los patrimonios familiares llegaron a jugarse su lugar en la ruleta rusa de la “alta sociedad”

como si de un casino se tratara hacían negocios a forma de apuestas y azares donde los premios iban desde cargos públicos, coimas, presupuestos y hasta licitaciones.

Todas encubiertas tras los muros de algún club campestre u hotel de etiqueta, en donde su limitadísima visión del mundo, el desarrollo y el futuro no iba más allá de su competencia por la supremacía en el escalafón social.

Encapsulados en su carácter tosco y vulgar, herencia de la educación que les dieron sus patriarcas antecesores, pocas o remotas veces se han visto como patrones de las artes, la cultura o la educación, viéndolas como inversiones relegadas a la beneficencia y la donación, tachándolas de poco rentables, a diferencia de como en un momento si lo llegaron hacer las mismas élites en ciudades como Medellín o Cali, en donde, alimentadas por el narcotráfico comenzaron por legitimarse culturalmente con música, arte, ayudas y protección que nunca proporcionó el estado a aquellos más necesitados.

Claro está que esto no justifica lo anterior pues en un pasado llevó a los residentes de dichas comunidades a ver loable el morir por el patronazgo del narcotráfico, lo retorcido está en el carácter del negocio y su identidad. Por eso solo hago esta comparación con el fin de mostrar el carácter mediocre de su acomodada personalidad en la que ni siquiera buscaron alimentar su imagen como patrocinadores orgullosos de sus orígenes, esta falta de ingenio y sagacidad tal vez sea lo único que se les puede agradecer.

Este vacío que dejo el legado ausente de la “cultura traqueta” fue remplazado por el trabajo comunitario y la asociación barrial, esfuerzos que eventualmente también serian exterminados por su misma mano “negra” como se haría costumbre con todo lo que, en un futuro, podría representar un riesgo para sus intereses, negocios e inversiones.

Desde un principio, capitalizar la dificultad, mostrar la vida como un paisaje de ruinas y obstáculos digno del mas apto fue el horizonte ideológico de las elites “bumanguesas” (porque para ellos Bucaramanga solo es un lugar donde pernoctan) dedicadas a lucrar con la miseria y la pobreza convirtieron los barrios periféricos en vertederos para el acopio del microtrafico, la prostitución infantil, el sicariato (el cual administraban a través de servicios privados de transporte), la explotación de la mendicidad por toda la ciudad, concentrando la renta infrahumana y una usura de condiciones tradicionalmente violentas, donde la desaparición y la muerte no eran más que transacciones típicas consecuencia de negocios que se pactaban en la plena luz del día.

Para conservar su autonomía y el control a lo largo del departamento bajo la mirada laxa de un estado complaciente y así no perder sus ganancias frente a la nueva amenaza de una inmersión paramilitar en sus negocios, se reinventaron como mecenas de los mismos, aportando como en tiempos de la independencia lo que esta tierra bendita tenía para ofrecer en abundancia, intrincados lotes de difícil acceso, abundantes baldíos que eran las fachadas perfectas para encubrir los turbulentos inicios de sus emporios y así no perder su ya mal lograda autonomía.

Así fue como se dedicaron no solo a enterrar los cuerpos dejados por sus negocios violentos, sino también los que el paramilitarismo les traía sin distinguir la etiqueta de procedencia.

Las elites radicadas en Bucaramanga se convirtieron en los sepultureros del crimen a nivel nacional, mientras que en sus propiedades alzaban emporios industriales con inversiones de riesgo mínimo gracias al apoyo de capital lavado proveniente del narcotráfico que administraba el Bloque Central Bolívar (AUC) en el Caquetá y sus afiliados los PEPES que mas tarde se redistribuirían como dueños inversionistas de la enmarañada red de narcotráfico nacional que quedo tras la muerte de Escobar.

Se hicieron con una fachada de progreso desarrollista mientras que en sus proyectos escabullían los apellidos de los responsables de múltiples crímenes entre largas listas de afiliados que pactaban con multiplicidad de actores políticos y económicos, ponían representantes que llegarían a cargos públicos nacionales como lo fue en el 84’ la contraloría del investigado Rodolfo González García (a quien se le comprobó relación con el proceso 8000 pero la corte archivo por insolvencia).

Así gracias a sus indulgentes testaferros que morirían en la pobreza evadirían y mantendrían sus propiedades intactas, técnica con la que, años mas tarde nuevas familias terminarían construyendo andamiajes políticos

Como el PIN, que posteriormente se resquebrajarían y reinventándose en nuevas estructuras “alternativas” de cooptación del poder político y administrativo de la ciudad para mantener sus intereses y así convertirnos a todos y cada uno de los ciudadanos en cómplices de un sistema económico mafioso en el que el individuo no es más que una cifra electoral víctima de un poder que al día de hoy es consiente pero que ignora impertérrito con frases complacientes de: “así son las cosas” parte fundamental del conformismo santandereano y de su síndrome de atraso social, económico y cultural, finalmente una idiosincrasia víctima de como se construyeron las relaciones económicas y de subsistencia de los habitantes de la región que no sería diferente de estar otro en el poder, sin importar quien gobierne este solo es otro análisis endémico de las características culturales de nuestra sociedad, sin fundamento científico alguno mas allá que los testimonios que obran como “verdad popular” un manifiesto compartido de forma oral pero que puede describir pobremente de donde provienen nuestros males, un entramado constructo social en el que no es secreto quienes y como ostentan el poder.

Simple y llanamente este artículo no va mas allá que lo que podrían decir las voces mas sencillas e ineptas de los partidos de oposición e independencia (El Verde, Liberal, Polo, Decentes, etc.) pero apuntaré a construir de esta tesis una investigación que permita corroborarla y demostrarla a futuro.