Los Perros no comen todas las noches

Un día mi mamá vio un panfleto de un desaparecido.
Un niño igualito a mí.
Se le aguaron los ojos y empezó a imaginar… Qué sería de sí cuando no estuviera yo.
Paranoica comenzó a pedirme que cuando saliera me reportara cada dos horas.
Por ese entonces mi mamá tenía una habitación en arriendo y llamaban mucho preguntando si la habitación incluía comida para perros. Tanto fue el lío que a veces cuando yo volvía a la casa a reportarme, mamá no me podía abrir porque estaba pegada al teléfono explicándole a algún extranjero por qué no podía incluir comida para perros.

Entonces yo pensé que si conseguía la comida para perros se iba a solucionar el problema, así que cuando salía a la calle a jugar trataba de buscar entre arbustos y antejardines de las casas vecinas pepitas para los perros, me robaba las que encontraba metiéndolas en una bolsita de plástico y cuando mi mamá no me podía abrir, se las dejaba en la puerta como un recado y me devolvía a jugar o a buscar más pepitas.

Confundida por no saber quién le dejaba las pepitas de comida a la entrada, pensó que era un chiste de mal gusto y botaba las pepitas.

Un día recibió muchas llamadas y no pudo abrirme la puerta en todo el día, solo encontraba pepitas de perros en la puerta cada dos horas. Ya atardeciendo, sin saber de mí, salió echando alaridos buscándome porque pensó que un loco obsesionado con la comida para perros me había secuestrado, agarró el panfleto del niño parecido a mí y pensó que su mente había hecho realidad su pesadilla.

Le preguntaba a la gente
—¿Ha visto a un niño parecido a este? no a este, otro.—

Me buscó por todas partes y yo no estaba donde siempre jugaba, porque estaba buscando pepitas en los parques y en los cerros donde tienen a los perros amarrados a palos y les dejan la comida afuera de la casa. La ansiedad la estaba matando y se sentía asfixiada a cada minuto que pasaba y no me encontraba.

Por la noche regresé con una bolsa que ya parecía costal así que me tocaba echármela al hombro. A los que preguntaban para qué era mi colecta, les daba ternura mi intención
—¡Quiero ayudarle a mi mamá a arrendar la pieza!—
Cuando volví el cielo estaba quebrado como la cáscara de un huevo y las nubes se escondían sobre las montañas como si fueran los dedos de dios que juega a las escondidas. Me sorprendió ver las luces apagadas de la casa porque a esa hora mi mamá estaba cocinando así fuera un caldo de trapo en cilantro fiado de la tienda.

Timbré a mi vecino y vi que tampoco estaba; así que me enrosqué en el pasillo de la entrada y me quedé dormido sobre la bolsa de comida para perro.

Cuando llegó mi mamá ahogada en llanto y me vio dormido ahí, acurrucado frente a la puerta, me pegó un alarido como quien recupera el aire después de estar sumergido en el fondo del mar, me abrazó y me preguntó que quién me había dado toda esa comida y yo le dije que llevaba semanas trayéndole comida para perros para que arrendara la pieza, me metió una palmada en el brazo que hasta el día de hoy no se me olvida.

Mi mamá me explicó esa misma noche, mientras me daba un pedazo de pan tieso con agua de panela, que yo era alérgico a los perros y que no podía recibir extranjeros ni personas con mascotas. Al día siguiente mi mamá fue por todas las casas vendiendo bolsitas de comida para perros. La habitación nunca se arrendó… al contrario, se convirtió en un depósito para guardar bultos de concentrado que ahora se dedica a vender.

Discúlpenme por escribir esta mierda pero mi terapeuta lo conocí por tinder

Una noche, o un maravilloso día, me morí, abrí la ventana y afuera irradiaba la belleza de un mundo sin mí, salí a la calle en mi parafernalia fantástica, esa ectoplasmatica sensación de atravesar paredes y poderme suicidar infinitas veces para sumirme en la interminable placidez de languidecer ante la muerte.

Salí a las calles y éramos cientos, el más allá no existe porque nosotros los muertos nos terminamos imaginando el mismo hueco del que venimos, el paraíso en que arrastramos a nuestros vivos. Sin embargo, la retórica fantasmagórica que ahora envolvía mi vida no me llenó, y después de meterle una patada a Laureano Gómez sentía que mi muerte estaba completa y que podía morir en paz (otra vez). Pero después de hablar un rato con los trasgos del panóptico (socialdemócratas ingenuos, pacifistas de centro, socialistas —los comunistas no llegaban al panóptico porque esos no se podían resocializar—) me di cuenta de que la muerte eterna era una vida de lo más aburrida, así que empecé a buscar el significado de la muerte.

¿Qué podíamos hacer los muertos?

Sin importar a donde vayas la respuesta es que mientras haya otros, los muertos no existen, el duelo se olvida y los recuerdos se amelazan, no hay muerto culpable, por qué la muerte es el indulto en la vida, no hay delito en vida que sea demasiado caro como para no poderse pagar con la muerte. Por eso Pablo Escobar, ese rechonchito tan popular por aquí se regocija en la sociedad que dejó, en la infinidad de monumentos a su memoria en la que se expone y se engrandece, por la que por lo menos más de ciento treinta y dos cachetones con bigote se han peleado para representar su papel en algún documental, novela o serie. 

Por eso retomo, el más allá es lo que dejamos acá, visto desde un mostrador, con la luz correcta el cráter que dejamos en vida puede ser el cielo, por eso los pelados que llegan últimamente se ven tan enojados, porque no ven lo que hicieron si no lo que pudieron hacer, la paradoja de la posibilidad es darse cuenta de que todas las opciones causan dolor y luchar por aquellas que no lo preservan solo trae el dolo final, un velorio con mamás y papás tomándose de las manos así estén divorciados.

Entonces la muerte perdió su ensueño, me hundí en el mar de chatarra y sueños rotos que son los mundos creados por el hombre, y me refiero al hombre como género y no como especie, este universo es fálico y por eso me decepciona hasta en su idea de la muerte.

Solo encontré una solución… El espanto, era mi única forma de sobrevivir a la muerte, no lo había pensado antes porque quien que no cree en nada no se inmuta de que cuando muere, existe la vida y la energía que absorben las ideas a su favor son un conjuro de resurrección parecido a los homenajes; además fastidiar a los vivos era cosa de espectros fascistas, solo a ellos les importa el privado de los miserables suburbios y disfrutan el morbo de romper la privacidad urbana. Pero yo no quería correr el bastón a una anciana negra, ni asustar niños indígenas para que después me llamarán Dios, le dejé esos jugueteos a Cortez y sus conquistadores que habían muerto con la capacidad cognitiva de un niño de seis años.

Me fui a buscar concejo en las cárceles, pero me aburrí de escuchar cumbias luego de desentrañar su misteriosa evolución desde una lengua corporal de los primeros pobladores hasta un zarandeo incomprensible malogrado por niños con delirios de malandro; así que acudí a los ancianos que se morían ancianos, la muerte en un geriátrico tiene mucha más vida que un colegio privado. En uno de esos me encontré a Panclasta, me gritó que yo no era un verdadero anarquista y se bajó los pantalones para mostrar sus posaderas, luego lamente recordar que me había muerto antes que Antanas Mockus —definitivamente la inmortalidad está en bajarse los pantalones ¿será un sinónimo de la convicción del socialdemócrata o era simplemente una irreconciliable coincidencia?. Entonces entendí que podía llevarme a ese viejo nalgón por todo lado a recoger gitanos, Jariyitas, Libertaries y putas, muchísimas putas que quisieran seguirme en esta noble cruzada de espanto, estxs últimas me dieron un hogar en su seno, luego de que mi árbol genealógico entero decidiera expulsarme de sus nexos, la primera internacional de fantasmas anarquistas se llevó a cabo en una mansión victoriana al borde de una cascada dónde botaban líderes sociales y activistas.

Empezamos los fantasmagóricos preparativos, motivo de un cuento que se escribiría mucho antes y se publicaría irónicamente en los tiempos de Halloween, el mito del día de los muertos nos daba más tiempo para llevar a cabo una fantasmagórica bailo terapia en la casa de algún Youtuber famoso. Hacia falta un manifiesto caótico sobre la forma en que se debían organizar los únicos seres libres, los muertos. Toda una telaraña de conceptos complejísimos de sociología no sirvieron de mucho, pero joder que se veía bonito el encuadernado.

Así se ideó la segunda operación Europa, invadir los palacios presidenciales para tirarles el tinto sobre sus decretos de aislamiento-selectivo-inteligente-naranja-digital, desaparecer los lápices, las grapas y obviamente enviar solicitudes de extradición en el lenguaje correcto. El objetivo, ninguno, fastidiar a la autoridad y reírnos de su insolente incredulidad porque ningún gobernante cree en los muertos y los muertos no creen en ningún Estado.

EL POBRE VIEJECITO

Doctor Uribe, me recuerda usted a una fábula infantil muy famosa, una que se quedó especialmente en mi memoria por tener un mensaje claro de infamia y cinismo, pues ha sabido venderse como una pobre víctima, cuando en realidad es usted un victimario indolente e implacable. Ay, si tan solo Rafael Pombo lo hubiera conocido ¡le aseguro! hubiera sido usted el protagonista de su historia.

Considero sin embargo que no es tarde, bien podríamos hacer una secuela inspirada en este clásico de la literatura, pero con usted por musa, sería entonces una historia dotada de realismo sucio a lo Bukowski, de visceralidad cual cine ero-guro y ¿por qué no? con narcotráfico y burocracia para dotarla de folclore colombiano. Una fábula que no es cuento, pero si es de no creer. 

Érase una vez un viejito bonachón,
 de sombrero y de carriel,
 Sin nadita que temer,
 Sino más de trescientos procesos en su contra, 
Que negó a más no poder. 



 Negó las masacres y los falsos positivos,
 Negó los nexos paramilitares 
Y la compra de testigos,
 Negó la compra de votos
 Y el fraude procesal, 
Negó además la creación del bloque metro y las chuzadas porque ajá.
 El pobre negaba y negaba 
Porque de toda esa cochinada 
Sabían todos, pero él nada. 


Y este viejo miserable
 No tenía en que vivir,
 Fuera de una casa grande 
De mil quinientas hectáreas, 
Con lagos, caballos y vacas,
Esta pobre casuchita recibió además 
 Subsidios del Estado, 
 De tres mil doscientos veintisiete milloncitos
 Que le dio su amigo Arias,
 Una misera limosna 
Para un pobre viejecito
 Sin plática pa’ vivir. 


En fin, un pequeño latifundio improductivo
 En el que el pobre doctorsin,
 Se sentía secuestrado
 Y no hacía sino sufrir,
 Cual Pablo Emilio en su catedral, 
Pero un poco más grande
 Como para gomeliar. 


Y nadie, nadie lo cuidaba,
 Si no el presidente Duque
 Y partiendo desde allí,
 Todo su gabinete de vasallos,
 uribistas a morir; 
La fiscalía tenía comprada, 
Del congreso era el rey,
 Del senado la mayoría 
 Y más de cien escoltas también tenía,
Cuidando su rabo de paja tanto de noche como de día.  


Los testigos de sus crímenes 
O desaparecen o no declaran,
 Tal es el caso de Diego cadena
 O De Andrés felipe Arias,
 Pobrecitos lava perros
 Implacables con su fin,
 Proteger a un pobre anciano 
Vulnerable e infeliz.






Nunca, nunca tuvo en qué sentarse,
Sino en sillas de adoquín,
 Como las de la aeronáutica
 Y las del cartel de Medellín,
También reposó su ojete
 En las del concejo y la alcaldía,
 De allí pasó a las del senado
 Y luego a la de la gobernación,
 Más nunca estuvo tan a gusto
 Como en las del rey de la nación,
 Con sus dos presidencias consecutivas 
Que quería postergar, 
Pero que evitando una dictadura
 El congreso debió frenar,
 Entonces el pobre viejecito 
Se hubo de conformar,
Con las del senado
 De las que se debió también parar,
 Pues si no lo hacía con celeridad
La corte suprema lo iba a despojar,
 De su supuesto buen nombre
 E iba a develar, 
Que este cuchito infame 
No era sino un criminal.


Nunca, nunca tuvo él vergüenza 
De su oscuro pasado,
 Pues según su turbia memoria
 Al país no había fallado,
 De las Guacharachas nunca hablaba,
 Ni del bloque metro de las A.U.C,
 Y a Monsalve no hacía sino temer 
Pues nadie debía saber, 
De sus nexos con el paramilitarismo 
Y con las convivir también,
 De la masacre del aro y la granja
 Tampoco tiene memoria, 
Pues, aunque no padece de alzheimer,
 Este pobre viejecito prefiere no recordar,
 Sus antecedentes oscuros
 Que lo pueden condenar, 
Al séptimo círculo del infierno de Dante, 
Hundido en el río de sangre hirviente
 Que sería el castigo mínimo 
Por cruel e indolente. 


Y este pobre viejecito 
Cada año hasta su fin,
 Tendrá un año más de impunidad 
Y uno menos de castigo, 
Pues es sabido que de la fiscalía
 Es muy cercano amigo.


 Y al mirarse en el espejo
 Lo espantaba siempre allí, 
El reflejo de un tirano 
Ventajoso y malandrín, 
Vestido de terrorista 
con motosierra y fusil. 


Y el infeliz no se moría, 
Muy buenas era él, 
 De Covid fue asintomático, 
Y de las acusaciones inmune, 
Nada más puede esperarse 
De un narcoestado impune. 


Y nadie podrá quejarse
  De sus todas sus bajezas, 
Pues en el país del olvido todo pasa, 
Se supera.
 Y por si acaso se menciona 
Siempre cabe la censura,
 Pues en Locombia la verdad tiene precio, 
Muestra de ello la revista Semana, 
Viki Davila e Isabel Rueda, 
Con reportajes sesgados,
 Falacias y webadas, 
En donde hablan de todo
 Y al final no dicen nada. 


Y este pobre viejecito al morir nos dejará
Un país envuelto en guerra, 
Narcotráfico y tiranía, 
Un Estado dictador
 Con “homicidios colectivos”
 Como el pan de cada día, 
Solo nos queda esperar
 Que quizás algún día,
 El infierno lo reclame 
Y nos libere de su eterna tiranía, 
Pudiendo al fin disfrutar
 De un país sin Uribe ni uribismo
Sin las bajezas de este pobre
 De su infamia y su terrorismo.