LA GUARIDA DEL FRACASADO

Desde mis escasos quince años se volvió imperativa la búsqueda de una identidad que me permitiera caracterizar, para llegar a ser la persona que los artilugios del ego y la vanidad amañaban en mi cerebro cuando me veía en el espejo. Desde ahí empezó mi necesidad por resignificar el fracaso, luchar contra la difamación de la vagancia, la indecisión, la cobardía, la feminidad y toda esa amalgama de cosas que también formaban parte de mí siendo un niño flacuchento, hipocondríaco y de delicadas maneras, contra las que tenía que luchar, según las costumbres de mi tierra.

Abrazar lo que era por el simple hecho de existir, fue el primer paso para reflejar en los demás eso que nadie veía, ahí empezó mi camino por la escritura: necesitando manifestar que eso estaba ahí y que no era necesaria una imagen sino una imaginación para verlo. Lo llevé al límite y ahora estoy aquí, parado frente a un abismo terrorífico, una tierra de nadie en medio de las trincheras, pero para mi consuelo no estoy solo y me doy cuenta de que todos los que hemos decidido lanzarnos a este lodazal tenemos historias similares, atormentadas, desposeídas, desacralizadas o desagradecidas.

Así fue como me encontré con John y otros escritores de la ciudad hormiguero (Bucaramanga), y poco a poco espero encontrarme con otros a lo largo de esta fosa común con himno nacional en la que tuvimos el infortunio de nacer. El camino por la autodeterminación, la exploración del yo a través de la proyección a los demás, el espíritu de las letras que cobran forma por sí mismas y adquieren un sentido que parece previo, la conciencia de que serán escritas, como una esencia imperante, previa y superior a mí; son cosas que nacen de la esencia de existir para convertirse en una substancia recíproca, propia de lo que somos.

Por eso decidí entrevistar a John, por mi necesidad de demostrar que no estamos solos en esto y que podemos leernos y queremos vernos codo a codo en esas trincheras existenciales que hay entre las cuartillas de nuestras obras.

De todo lo que hablamos antes, después y durante la entrevista, entendí que no hay caminos separados, que los de todas las personas están entrelazados por lo menos por un nodo diminuto de los acontecimientos en este mundo caótico lleno de doctores, bandoleros, políticos y virus asiáticos.

En su última entrevista, John me dijo que votará por la derecha, que Uribe tenía razón, que los monstruos no usan corbata ni camuflado y que mis papás nunca se equivocaron mientras me criaban.

Ahí fue cuando pensé: “este tipo es un mesías, o un profeta” pero luego dio un salto, hizo una maroma en el aire, aterrizó en su batería y con un redoble de comedia me pidió que dejara de mirarle las tetas a mi exnovia, sin duda alguna, estaba frente a un ídolo de la escritura.


Como nada de esto es cierto (o tal vez sí excepto lo más ridículo y viceversa), pero coherentemente resulta real sonreír al imaginarlo hacer todo eso, prefiero creer inofensivamente que es así. John y su nombre genérico tienen encima suyo la experiencia indolente y atrapante del poeta latinoamericano y de la lucha por convertirse en un patrón de las causas perdidas, la literatura en un mundo pandémico, digital y disperso. Y tiene en su alma la determinación de convertirse en el ejemplo de éxito que hace falta para sacar de la caverna profesional al poeta y darle el glamour de un Escobar de las letras, aspirando cuartillas cual líneas destartaladas que prometen acabar con el solipsismo desaforado del adolescente desesperado que busca ese consuelo inhumano que no reside en el otro, si no en la proyección del otro en uno mismo, la incesante y relampagueante búsqueda de la identidad.

Discúlpenme por escribir esta mierda pero mi terapeuta lo conocí por tinder

Una noche, o un maravilloso día, me morí, abrí la ventana y afuera irradiaba la belleza de un mundo sin mí, salí a la calle en mi parafernalia fantástica, esa ectoplasmatica sensación de atravesar paredes y poderme suicidar infinitas veces para sumirme en la interminable placidez de languidecer ante la muerte.

Salí a las calles y éramos cientos, el más allá no existe porque nosotros los muertos nos terminamos imaginando el mismo hueco del que venimos, el paraíso en que arrastramos a nuestros vivos. Sin embargo, la retórica fantasmagórica que ahora envolvía mi vida no me llenó, y después de meterle una patada a Laureano Gómez sentía que mi muerte estaba completa y que podía morir en paz (otra vez). Pero después de hablar un rato con los trasgos del panóptico (socialdemócratas ingenuos, pacifistas de centro, socialistas —los comunistas no llegaban al panóptico porque esos no se podían resocializar—) me di cuenta de que la muerte eterna era una vida de lo más aburrida, así que empecé a buscar el significado de la muerte.

¿Qué podíamos hacer los muertos?

Sin importar a donde vayas la respuesta es que mientras haya otros, los muertos no existen, el duelo se olvida y los recuerdos se amelazan, no hay muerto culpable, por qué la muerte es el indulto en la vida, no hay delito en vida que sea demasiado caro como para no poderse pagar con la muerte. Por eso Pablo Escobar, ese rechonchito tan popular por aquí se regocija en la sociedad que dejó, en la infinidad de monumentos a su memoria en la que se expone y se engrandece, por la que por lo menos más de ciento treinta y dos cachetones con bigote se han peleado para representar su papel en algún documental, novela o serie. 

Por eso retomo, el más allá es lo que dejamos acá, visto desde un mostrador, con la luz correcta el cráter que dejamos en vida puede ser el cielo, por eso los pelados que llegan últimamente se ven tan enojados, porque no ven lo que hicieron si no lo que pudieron hacer, la paradoja de la posibilidad es darse cuenta de que todas las opciones causan dolor y luchar por aquellas que no lo preservan solo trae el dolo final, un velorio con mamás y papás tomándose de las manos así estén divorciados.

Entonces la muerte perdió su ensueño, me hundí en el mar de chatarra y sueños rotos que son los mundos creados por el hombre, y me refiero al hombre como género y no como especie, este universo es fálico y por eso me decepciona hasta en su idea de la muerte.

Solo encontré una solución… El espanto, era mi única forma de sobrevivir a la muerte, no lo había pensado antes porque quien que no cree en nada no se inmuta de que cuando muere, existe la vida y la energía que absorben las ideas a su favor son un conjuro de resurrección parecido a los homenajes; además fastidiar a los vivos era cosa de espectros fascistas, solo a ellos les importa el privado de los miserables suburbios y disfrutan el morbo de romper la privacidad urbana. Pero yo no quería correr el bastón a una anciana negra, ni asustar niños indígenas para que después me llamarán Dios, le dejé esos jugueteos a Cortez y sus conquistadores que habían muerto con la capacidad cognitiva de un niño de seis años.

Me fui a buscar concejo en las cárceles, pero me aburrí de escuchar cumbias luego de desentrañar su misteriosa evolución desde una lengua corporal de los primeros pobladores hasta un zarandeo incomprensible malogrado por niños con delirios de malandro; así que acudí a los ancianos que se morían ancianos, la muerte en un geriátrico tiene mucha más vida que un colegio privado. En uno de esos me encontré a Panclasta, me gritó que yo no era un verdadero anarquista y se bajó los pantalones para mostrar sus posaderas, luego lamente recordar que me había muerto antes que Antanas Mockus —definitivamente la inmortalidad está en bajarse los pantalones ¿será un sinónimo de la convicción del socialdemócrata o era simplemente una irreconciliable coincidencia?. Entonces entendí que podía llevarme a ese viejo nalgón por todo lado a recoger gitanos, Jariyitas, Libertaries y putas, muchísimas putas que quisieran seguirme en esta noble cruzada de espanto, estxs últimas me dieron un hogar en su seno, luego de que mi árbol genealógico entero decidiera expulsarme de sus nexos, la primera internacional de fantasmas anarquistas se llevó a cabo en una mansión victoriana al borde de una cascada dónde botaban líderes sociales y activistas.

Empezamos los fantasmagóricos preparativos, motivo de un cuento que se escribiría mucho antes y se publicaría irónicamente en los tiempos de Halloween, el mito del día de los muertos nos daba más tiempo para llevar a cabo una fantasmagórica bailo terapia en la casa de algún Youtuber famoso. Hacia falta un manifiesto caótico sobre la forma en que se debían organizar los únicos seres libres, los muertos. Toda una telaraña de conceptos complejísimos de sociología no sirvieron de mucho, pero joder que se veía bonito el encuadernado.

Así se ideó la segunda operación Europa, invadir los palacios presidenciales para tirarles el tinto sobre sus decretos de aislamiento-selectivo-inteligente-naranja-digital, desaparecer los lápices, las grapas y obviamente enviar solicitudes de extradición en el lenguaje correcto. El objetivo, ninguno, fastidiar a la autoridad y reírnos de su insolente incredulidad porque ningún gobernante cree en los muertos y los muertos no creen en ningún Estado.